Livin´ la vida loca
Posted by Daniela Gutiérrez on December 28th, 2006 filed in NaturaliaYo todavía no hablaba bien en castellano, hacía poco que vivía en Argentina y era un bochorno tener ese acento. Era época de guerra en Malvinas así que todo lo que fuese inglés era sencillamente pasaporte al escarnio. Yo andaba todo el día entre Filo –carrera de letras- y Martínez –donde vivía con mi abuela, mi hijita y alguno de mis hermanos-.
Esos fueron tiempos curiosamente felices, o quizá lo recuerdo así ahora. Era jovencísima y ligeramente inconsciente, quizá sea eso. Una tarde al salir de la facu, un amigo me invitó a tomar algo a un bar cerca de su casa.
Cuando llegamos allí sólo había un banco y al lado un videoclub. Recuerdo mi cara cuando Alan me decía que el lugar era en un primer piso, un bar que parecía un gran living con un escenario chiquitito… En la entrada decía: Einstein, cena, baile. Diviértase. Atendido por sus mozos.
En ese lugar un martes o miércoles a la nochecita escuché por primera vez a un grupo que se llamaba Sumito. Me gustaba porque el cantante pelado, Luca, cantaba en inglés pero con un acento raro. A veces tocaba la guitarra y siempre lo acompañaba gente distinta. Hacían covers de Bob Marley, Dean Martin y Frank Sinatra.
Una tarde mientras dos amigas y yo tomábamos algo en un sillón, se acercó un amigo de Luca, Timmy Mc. Kern. Se sentó a mi lado y hablándome en un inglés increíblemente familiar, abismándose en mi escote me dijo “nena, acá en Argentina hacemos música a tu medida… jaja”, me vendió y le compré un casete de Corpiños en la madrugada. No voy a olvidar su risa mientras viva. Guardé el casete que ahora es una reliquia apreciada por mis hijos. Timmy vivía parte de sus días en Córdoba y parte en Buenos Aires, era amigo de la infancia de Luca y creo que algo así como su representante. Mis tardes y noches se perdían en ese bar.
Luca era tímido, muy tímido. Esa característica lo hacía tierno y cómodo, no demandaba de nadie ningún esfuerzo, me gustaba estar charlando con él durante sus primeras ginebras, después se ponía mal. Había ya en esa primera época, muchísimas groupies que lo seguían – tanto a él como a Pipo Cipolatti, o a otros que frecuentaban Einstein- con esa voracidad manifiesta que Luca sentía como un aliento en la nuca. Igual cedía a los encantos de las chicas con extrema facilidad, sobre todo después de haber bebido largo y tendido. Bebía como un italiano no como un inglés: mucho y con borracheras irascibles. Cuando pasaba eso Luca daba miedo. Alguna vez conversamos acerca de la heroína y cómo la extrañaba, hablaba de ella como si fuese una mujer.
En el Einstein cada martes a la noche estaba la que para mí era la dueña: Katya –hermosísima y presumida- cocinaba ravioles a la mandarina, que eran horribles. Ella decía que era una olla popular.
En esos años me fui amancebando con este país, di vueltas con mis amigos de esos años por todas esas cuevas, sin ninguna idea de que se iban armando allí los grandes grupos de época. El Parakultural, Cemento (unas noches del ´86 hice de virgen maría en una performance teatral de Emeterio Cerro: ¡¡dios mío!!), Prix D´ami, Palladium, Mediomundovarieté o AvePorco. Cenaba muchas noches en el bar Bolivia que era exactamente a la vuelta del Parakultural, la comida más rica del mundo lejos de casa y calentita. Preparaban cosas que yo le pedía para Lucía, porque muchas noches ella, chiquitita, venía conmigo de parranda. Recuerdo que se quedaba dormida a upa de Timmy o mío cuando la música hacía doler los oídos de cualquier humano. Lu dormía sin sobresaltos. Ahora pienso en eso a un día de Cromañón y me da un poco de impresión, le hacía una camita en el guardarropa de Cemento, no sé.
Una mañana de 1984 me pidieron que fuese en auto a Ezeiza a buscar a Luca que volvía de Europa, fue un viaje de vuelta muy divertido: estaba feliz de volver acá, había ido a ver gente y muchos estaban muertos. Creo que a partir de esos años ya era un grupo famoso, con muchos seguidores, y grababan discos de verdad.
Yo me fui alejando del grupo de “noches en vela”, pero igual pasaba muchas tardes charlando con Luca en su casa aunque ya no iba a todos los conciertos. Me llamaba cada tanto y nos juntábamos allí. Él se sentaba en la mesada apoyado contra la heladera Siam, ésa que tiene una bola en la manija, y yo me sentaba en el suelo contra los muebles de la cocina. La casa era en general un asco, Luca no dejaba que nadie limpiara, pero cuando yo iba mientras hablábamos o escuchábamos música aprovechaba a poner un poco de orden al menos en la cocina. Durante esas tardes hablamos de cosas de la infancia, y eso que me llevaba 12 años. Habíamos estado pupilos los dos, aunque él en un colegio para niños ricos y yo en otro para huérfanas. Eran charlas densas de emociones, siempre del pasado. Su hermano menor era sólo unos años más grande que yo con lo cual él se sentía cerca. Extrañaba mucho a su madre y a sus hermanas y conmigo era tierno y fraternal. Me invitaba a Córdoba todo el tiempo, pero nunca quise ir. Ni tampoco a los recitales en el interior, cada tanto me daba un poco de vértigo y de miedo pensar en seguirles el tren.
Luca tenía un inglés muy gracioso, gutural y tano, slang que daba cuenta de un mundo anterior al mío, de los años de diferencia. Él hacía comentarios acerca de que si yo hubiera sido más vieja me hubiera seducido. Era respetuoso y salvo besarnos, en arranques de mutua ternura, nunca pasó nada.
Me llamó un mediodía de diciembre pidiéndome que fuera hasta su casa. Hacía un calor mortal y lo invité a la pileta, del otro lado del teléfono Luca gritó “vení para acá, dale”. Hacía meses que no lo veía y me pareció que sería una tarde agradable. Cuando llegué me dijo que se sentía mal, que estaba cansado de la ginebra que lo tenía agarradito a su cintura desde la noche anterior y que le dolía mucho la cabeza, me acuerdo de haberle sugerido mil remedios para la resaca y en una de esas me mandó a cagar. Había cruzado la Capital Federal para llegar hasta esa pocilga y no tenía ganas de dejarme gritar. Me ofendí y se me caían las lágrimas, mientras me estaba yendo escuché que me llamaba y le contesté gritando prolijamente: “fuck off”. Me gritó algo horrible y volví enojadísima para contestarle y cuando entré al dormitorio me abrazó fortísimo, llevé a Luca Prodan al baño y sostuve su cabeza pelada con algún cariño mientras vomitaba en el inodoro. Gemía como un bebé, estaba rojo de tanto esfuerzo. Yo me sentaba en el bidet y él descansaba sobre mis piernas esperando una nueva arcada. Cuando terminó, salimos del baño, le ayudé a quitarse la ropa sucia –estaba flaquisísimo- y lo acosté en la cama empujando a una chica que dormía allí como un lirón-. Le sostuve la mano hasta que se durmió y me fui a casa.
Al los dos me llamó Arnedo, de parte de Luca, para ir a un recital de la Banda en la cancha de Los Andes, casi no voy. Era lejos y el calor no dejaba respirar. Fui.
20 de diciembre del ´87, pedí prestado el auto a la abuela, subí a Luli y fuimos hasta lo de Luca. Llegué contrareloj y ni siquiera me bajé para saludar: le tiré un beso al tano cuando se subieron al otro auto. Estaba pálido y ojeroso, de mal humor. Desde allí los seguí. Esa cancha de Los Andes (lo supe después) era en el otro lado del mundo, y no había mucha gente. Llegamos, bajamos y cuando vamos a entrar el tipo del club no lo deja a Luca entrar con una botella de ginebra en la mano, viene hasta donde estábamos nosotras y le dice a Lucía “guardame este secreto”, yo no me opuse y entramos con la ginebra. Se la devolví un poco enojada, apenas pasado el control, pero Lu feliz.
Estaba enojado y borracho, desde el campo se escuchaba el bolonqui de los camarines y detrás del escenario. Tocaron hermosamente bien, yo no me quedé todo el recital porque Lucía tenía hambre y quería comer algo. Salimos, volvimos hasta el centro y cenamos las dos en Pippo. Después a dormir en casa.
Dos días después Luca Prodan fue encontrado muerto en su departamento de Alsina y Defensa. No vi a ninguno de ellos nunca más.
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