Accidente
Posted by Néstor Grassi on June 25th, 2006 filed in Artificialiapor Néstor Grassi
En la cabina la luz es escasa y casi sólo se ven reflejos rojos de los puntos iluminados que señalan el corredor y los escalones de la escalerilla que conduce al VIP rebotando de una ventanilla a otra. Afuera la noche corre rápida y la lluvia arrecia contra los grandes cristales y la carrocería. Arriba, los cuerpos de los pasajeros yacen semidormidos en sus asientos horizontales, dentro de sus cubículos individuales, bajo chorros de aire acondicionado y artificial y frente a pequeñas pantallas por las que les están transmitiendo un film americano. Casi no bajan adonde estamos y está también el baño. La luz allí, arriba, es tenue, mucho, pero efectiva. Hace un momento, cuando me animé a subir los escalones indicados por las pequeñas lamparillas rojas, pude verlos, pálidos por el reflejo de las pantallas de cristal líquido frente a los asientos, los dedos entrecruzados sobre los vientres abultados, los párpados casi cerrados, con diminutos auriculares clavados en los oídos. Ninguno de ellos reparó en mí. Olía a polímeros y a desodorantes baratos, y a humano. Un olor crudo y pesado, una escena muda, excepto por el sonido de la lluvia, e iluminada casi solamente por las sombras de Meg Ryan y Tom Hanks en You’ ve got mail proyectadas sobre los cuerpos de los yacentes y enmarcada en el brillante negro lujoso de las grandes ventanillas sin cortinas, ennegrecidas por la noche lluviosa. Luego bajé y entré en el baño cerrando bien la puerta para que el sensor detectara mi presencia y encendiera la luz principal y el extractor de aire. Me desabroché el cinturón y, antes de sentarme sobre la tapa de plástico del inodoro químico con su bola de acero espejado en el fondo, la limpié con papel higiénico. Hacía un frío horrible allí dentro y tenía los genitales contraídos de una manera cómica y me eché a reír, aunque luego me costó bastante orinar. Defequé. Cuando terminé y pulsé el eyector del químico, la mezcla de olores resultó revulsiva, así que traté de salir de allí lo más pronto posible. Me enjuagué las manos como pude y me sequé con papel higiénico: no habían quedado toallas. En el corredor la oscuridad ahora parecía total, no veía los asientos más cercanos, sólo el brillo suntuoso de las grandes ventanillas negras; esperé a que se me acostumbrara la vista. Allí, abajo, cerca del baño, olía rancio, también olía a transpiración y a mugre, y a perfume. Poco a poco pude empezar a distinguir algunos cuerpos desparramados o acurrucados sobre los asientos. Algunos de los desparramados parecían haber caído de un edificio, con los miembros en posiciones extrañas y las cabezas ladeadas de manera casi artificial. Y los acurrucados inmediatamente me recordaron esas figuras que inadvertidamente esculpieron con sus cuerpos los habitantes de Pompeya. Ahora llueve lenta pero copiosamente y voy caminando con cuidado por el pasillo hasta mi asiento, pero antes detecto que dos de las luces cenitales de lectura están encendidas. Ya frente a mi asiento, y por el reflejo en la ventanilla, puedo ver a dos ancianas bañadas por la luz individual y mortecina de uno de los asientos. Erguidas y, una frente a otra, se miran y llevan algo a la boca, mastican desdentadas y se miran en silencio, se alimentan. Me siento y las miro directamente pero no me ven o, por lo menos no aparentan interés en mí, siguen mirándose en silencio y masticando con sus bocas desdentadas. Unos asientos más allá, la otra luz chorrea amarillo sobre el cuerpo de alguien de pelo negro y rostro lampiño, aunque no pueda asegurarse que sea una mujer. La cabeza caída sobre los grandes pechos desparramados encima del vientre inflamado, los brazos caídos y las manos con las palmas hacia arriba: parece que no respira, pero se yergue, apaga su luz y se estira sobre el asiento. Hace frío y decido volver al baño porque estoy cansado y no se me ocurre otra cosa. En el baño alguien logró abrir el ventilete y el frío corta la piel pero yo no logro cerrarlo, así que me bajo el cierre del pantalón y orino largamente y salgo. Me quedo parado frente a la escalerilla mirando, por un hueco, a través del parabrisas empapado la interminable cinta de asfalto iluminada por los faros del micro. Así, no puedo dejar de pensar en eso, en ese lugar, con todos nosotros allí, a gran velocidad sobre esa ruta oscura, casi todos dormidos, con nuestras pequeñas realidades y tragedias y el micro corcovea, cabecea, se va de lado y yo salgo disparado hacia la puerta pero logro sostenerme y ver por el parabrisas que estamos frente a un hombre caminando por la ruta. Es alto y parece fuerte, está en camisa y descalzo y lleva los brazos en alto agarrándose con las manos la cabeza. Logramos esquivarlo. Más allá, mucho más allá, se ven las luces rojas y azules titilar desgarrando la noche.
El hombre logra caminar sobre la ruta casi un kilómetro más hasta que cae sobre sus rodillas abriendo la boca en un grito inaudible. Mira el cielo que lo empapa y se desvanece.
June 25th, 2006 at 12:43 pm
La descripción de las personas trasladándose hacinadas me mató. Desde este punto de vista, qué miserable parece el ser humano. Muy bueno.
June 25th, 2006 at 1:36 pm
no nos trasladamos así? me alegra que le haya gustado (le gustó? “me mató” asumo que quiere decir eso) le mando un saludo.