Pares y nones
Posted by Gabriela Garcia Cedro on August 28th, 2005 filed in ArtificialiaPor Gabriela García Cedro
El papá de Martín, don Egidio, era un hombre muy particular. Ustedes se preguntarán qué significa que alguien sea “muy particular”. En este caso, se trataba de un papá distinto al resto en algunas cosas y muy parecido al papá de los demás chicos en otras.
Por ejemplo, iba a trabajar, como casi todos los papás, pero nunca se vestía bien (algo que sí hacen habitualmente los papás antes de ir al trabajo). Más bien, don Egidio hacía todo lo contrario. En verano, por ejemplo, salía de su casa con shorts, ojotas y una camisa de mangas cortas sin abotonar que mostraba un ojo rodeado de muchas pestañas en medio de una panza redonda y simpática.
Otras veces anunciaba (como a veces hacen algunos papás) “hoy vamos a comer afuera”. Todos se ponían contentos y se arreglaban para salir. La mamá, principalmente, disfrutaba de no tener que cocinar ni lavar los platos esa noche. Cuando todos estaban listos y de pie junto a la puerta, don Egidio aparecía con un paquete de empanadas y lo ponía sobre la mesa que había preparado… ¡en la vereda!
Podría contarles un montón de otras cosas sobre el papá de Martín, pero me voy a detener en una característica más que lo hacía muy particular. Tenía Y no tenía cosquillas. Que cómo puede ser eso, dirán ustedes con razón, si la gente tiene O no tiene cosquillas. No es posible tener y no tenerlas a la vez. Pues bien, don Egidio era así.
Si le hacían cosquillas los días pares, el 2 de mayo, el 8 de junio o el 10 de agosto, por ejemplo, se deshacía en carcajadas; el ombligo se transformaba en una boca con bigotes que se movía de un lado a otro tratando de esquivar las cosquillas. Pero si, por el contrario, el almanaque indicaba que era 11 de abril, 27 de julio o 3 de noviembre, el buen hombre ni se mosqueaba.
A Martín le costaba creer que las cosquillas dependieran de los días pares o los impares. Por eso, ponía a prueba a su papá. Los domingos, que era el día en que don Egidio se levantaba más tarde, Martín se despertaba temprano, iba despacito hasta la cocina y se fijaba qué día era en el almanaque que estaba pegado con imanes sobre la heladera. “¿A ver? Hoy es 4; hoy se tiene que reír”.
Entonces se deslizaba en la habitación de sus papás y, en puntitas de pie, se acercaba a don Egidio, sacaba una pluma que había arrancado del plumero y la frotaba suavemente sobre los cinco dedos gordotes que se asomaban entre las sábanas. Enseguida, se escuchaba una risita. Y casi antes de abrir los ojos, don Egidio empezaba a reírse a carcajadas, moviendo la panzota y las piernas para que las cosquillas se detuvieran. Pero como a Martín le gustaba ver cómo su papá se reía, no dejaba de mover la pluma por cualquier huequito que encontrara. Pero como a don Egidio ya le dolía todo el cuerpo de tanta risa, optaba por detener a su hijo apresándolo entre esas piernas largas, como si fueran un par de tijeras o tenazas pero que, en vez de lastimar, abrazaban. La fuerza de Martín no era suficiente para poder zafarse, entonces pataleaba un rato y después empezaba a reírse él, disfrutando de esos momentos tan graciosos.
Pero Martín no sólo hacía sus pruebas los días pares. Si el almanaque señalaba que era un día impar, él realizaba las mismas maniobras pero el resultado era muy diferente: podía pasar cinco minutos haciéndole cosquillas con la pluma arrancada del plumero y don Egidio ni se movía; a veces hacía unos ronquidos parecidos a un ronroneo o se movía apenas debajo de las sábanas. Cuando Martín se daba por vencido, su papá fingía despertarse y lo abrazaba diciendo: “¿Ya te levantaste, Tincho? ¿Qué hacías ahí parado?”. Martín nunca le decía qué estaba haciendo pero los dos ya lo sabían. Entonces, era su papá el que empezaba a hacerle cosquillas y sólo se detenía cuando aparecía la mamá pidiendo: “¡Dejá a ese chico tranquilo! ¿No ves que le va a hacer mal tanta risa?”. Don Egidio soltaba a Martín y –poniendo esa cara que ponemos cuando sabemos que hicimos algo que no debíamos y queremos aparentar que no fuimos– lo levantaba a upa y lo llevaba hasta la cocina para desayunar.
Martín fue creciendo y, de a poquito, fue dejando de lado esa costumbre de ir a despertar a don Egidio. De hecho, creció tanto que también él se convirtió en papá de una nena, Sofía. Martín no es un señor tan particular: no va a trabajar en pantalones cortos ni tiene una panza grande y peluda; tampoco saca la mesa a la vereda cuando dice que van a comer afuera (además vive en un departamento y tendría que bajar la mesa por el ascensor). Pero en algo sí se parece a su papá: cuando Sofía lo va a despertar, plumero en mano, haciéndole cosquillas en los pies… a veces se ríe mucho y otras veces, sigue durmiendo…
August 31st, 2005 at 1:28 pm
Gracias por hacerme acordar las cosas buenas que nos pasaron. Tu mejor herman