Fichas

Posted by Daniel Freidemberg on August 7th, 2005 filed in Naturalia

• No hay tiempo más perdido que el que uno pierde tratando de no perder el tiempo. Nada que ver con lo new age ni con ninguna filosofía oriental, es pura experiencia. El tiempo perdido no existe, simplemente; es un error de apreciación al que nos induce el capataz que nos implantaron en la cabeza. O sí, existe: es el tiempo que se vive con vergüenza, con la boca fruncida, midiendo la distancia o la diferencia con lo que uno tendría que estar haciendo en ese momento; un tiempo arruinado, amargado, de segunda mano, de papel quebradizo, un tiempo mala copia de sí mismo. ¿Sería posible entonces un tiempo químicamente puro, un presente no contaminado por lo que no es, por lo que debería ser, por lo que ojalá no sea? ¿Es posible un tiempo así? Yo, al menos, casi no lo conozco: el truco, me digo, es dejar que los acuciantes tiempos fantasmas, ya que no hay modo de eliminarlos, estén, pero subordinarlos a este irrevocable ahora con el que uno juega, como al escribir juega con las inevitables palabras, las únicas que tiene y que nunca le van a alcanzar, las que tampoco alcanzará a manejar del todo.

• Reconocer lo que se hizo y no arrepentirse. Para afuera reconocer, “sí, yo hice eso”, “estuve ahí”, “pensaba tal cosa”, “me gustaba tal otra”, “voté lo que voté”, “creí lo que creí”, “tuve miedo”, “mentí”. No inventar coartadas, no aceptar la coacción de los que ejemplifican con trayectorias “que nunca claudicaron” ni creerles. La tranquilidad, uno descubre, es enorme, cuando no hay nada que defender ni de qué defenderse, ni por qué rendir cuentas ni por qué andar calculando los posibles efectos: “hagas lo que hagas, siempre van a hablar mal”, como una vez dijo Marcos Mayer. Para adentro, por lo tanto, a qué andar revisando el “debe” y el “haber”, a qué andar dándose golpes de puntero, para qué. Si algo salió mal, se verá cómo no repetir el error o se preguntará uno por qué habrá hecho realmente eso, no a fin de ganar alguna salvación sino para tener en cuenta las condiciones y las alternativas. ¿Así nomás, no importa qué tipo de cosas uno haga ni de qué magnitud? No, cuando digo “no arrepentirse” pienso en quienes podemos caer en el arrepentimiento, no en los otros. Hace poco, hablando de la culpa que sienten los sobrevivientes de genocidios y masacres, Silvia Bleichmar decía que los que de verdad deberían sentir culpa, no la sienten. Ni Pinochet, ni Menem, ni el Tigre Acosta, ni De la Rúa ni Nosiglia ni Dick Cheney admitieron alguna vez sentirse culpables de nada, y no veo por qué no creerles.

• Nada es lo que es, pero qué bueno cuando “lo que es” no tiene por qué ser ninguna otra cosa que eso, lo que es, así como es o como está, llegado a ese lugar donde uno lo encuentra por algún motivo o por ninguno. Desde que empecé a leerlo, me fascinó el modo en que González Tuñón consigue que se vuelva importante el girar del ventilador en un ángulo del hotel de citas, “ese ruido de mariposa mecánica en la casilla del operador del cine Radium”, el escenario de un teatro abandonado, el espejo de la peluquería, “el último cajón de la cómoda donde reposaban, cerca de la tierra, los objetos de un muerto querido, cartas, prendas íntimas”. Todavía me sigue fascinando, pero algo en esa fascinación me empezó a sonar sospechoso cuando, revisando un trabajo de hace doce años sobre Tuñón, vi que, refiriéndome a ese modo de que el poema se ocupe de las cosas, usé expresiones como “indicios de totalidad”, “atisbos de plenitud”, “símbolos”, “mitos”. El vicio de la trascendencia, esa agarradera, ese tranquilizante: a la vida hay que justificarla, la existencia de las cosas tiene que estar justificada. Como si lo existente necesitara una garantía de existencia: una fe inventada que sustituya una enfermiza falta de fe. La tontería mayor de la tradición judeocristiana transmigrada por completo y agravada en el positivismo, el liberalismo y el marxismo. O, por el lado opuesto, la lupa insatisfecha del científico y el detective, la desconfianza como principio, el “qué habrá detrás”, o debajo. Siempre hay algo debajo y detrás, hasta el infinito, hasta la absoluta nada (detrás y debajo de la cual también hay algo, por ejemplo la operación de llamarla “nada”). Let it be, respondieron Lennon y Mc Cartney; muchos, más temprano o más tarde, lo entendimos, pero de ahí a aceptarlo falta un trecho largo, no estamos formateados para eso.

• La inspiración, el talento, la creatividad, el toque inexplicable con que Dios o vaya saber qué agracia a algunos espíritus y no a otros, existen de verdad, se pueden percibir concretamente. Prosa poética o poema en prosa, el texto es largo, inteligente, realmente bien escrito, se percibe que su autor es una persona culta pero nada carente de información sobre minucias políticas, mediáticas y de la vida popular. Se ve una actitud audaz, una voluptuosidad del riesgo, una noción del valor de las palabras y una desenvoltura nada habituales. Sabe jugar, además, sabe divertirse y divertir, es diestro para la ironía y el metalenguaje, tiene evidentes conocimientos teóricos que no teme mostrar y que administra bien como piezas de un montaje heterogéneo. Consigue mantener ostensible distancia de casi todo lo que se puede entender como políticamente correcto, sentimental, naïf o propio de almas bellas, domina idiomas y es muy sagaz y capaz de advertir detalles significativos. Se nota que ha viajado, y que no ha viajado en vano, que no le gustan las soluciones fáciles, que no le huye al escándalo y que descree de la transparencia del lenguaje. Un texto sorprendente, un texto admirable, un texto lúcido, un texto valiente, un texto apabullante, un texto original. Y que además permite, de pronto, comprobar algo que no siempre aparece tan evidente: la inspiración, el talento y la creatividad no eran embelecos fraguados por vates románticos; existen, operan, se hacen notar. Uno lo advierte al tratar de definir qué sería eso que, irreparablemente, a ese texto excepcional le falta.

• Si no sentís que estás jugando no escribas. O sí, escribí, quién te lo puede prohibir, pero escribir, lo que para mí mismo llamo escribir, me doy cuenta de que puede ocurrir cuando siento la emoción de jugar, de estar en juego. No el bienestar que da divertirse, aunque a veces también, sino jugar, como se juega al fútbol, al tetris o al poker. Tiene algún parecido también con hacer el amor, pero es una comparación que hay que tomar con más recaudos, son cosas radicalmente distintas. Tampoco es, aunque ocasionalmente se acerca, jugarse la vida. Algo sí tiene de obscenidad y de trasgresión, pero no conviene mucho enfatizarlo, porque más bien se dan como efectos secundarios, como un regusto, un dejo, y porque ya hubo demasiado negocio teórico con esas cuestiones. Sentir que estás jugando, paladear la sorpresa de lo que aparece, la omnipotencia del que hace una jugarreta inesperada, la levedad del que mira todo desde afuera y desde adentro al mismo tiempo, es la clave para suponer que podría pasar algo con tu texto, que no ingresó parasitariamente al mundo. Jugar, lo saben los jugadores, implica momentos de entrada en éxtasis, rachas de perversión, fantasías vengativas, cálculo de posibilidades, tensión extrema, satisfacción narcisista de demostrar y demostrarse lo que uno puede y sabe, necesidad histérica de llamar la atención, terror paranoico al paso en falso que lo deje a uno a merced de lobos y buitres, especulación profesional con la posibilidad de ganar puntaje en el ranking, disfrute rencoroso de la fantasía de aplastar a la competencia. El que juega está infinitamente relacionado con el universo y está completamente solo. Como cualquiera en cualquier momento, pero más.

• Mejor pasar por boludo, mejor pasar por ingenuo o sentimental o paparulo que tomarse el enorme trabajo de evidenciar lo contrario, de tratar de que conste que uno no tiene por qué ser ubicado en esos temidos casilleros mentales. Mejor no dar bola a la creencia de que entrar en esos casilleros es lo peor que a uno le puede pasar. Más: ser nomás, hasta donde se pueda, boludo, ingenuo o sentimental, y el que se crea a salvo que se lo crea, es problema suyo. Mejor que piensen que a uno no le da el cuero para más o que se tragó la píldora del amor al prójimo que gastar el tiempo y el cerebro elaborando cuidadosamente el vocabulario, la gestualidad, el arsenal retórico y la autosuficiencia de los insensibles y los hijos de puta, habiendo tantos a los que con tan poco esfuerzo les sale tan bien.


6 Responses to “Fichas”

  1. Gerundio Sosa Says:

    La trascendencia es un vicio, tenés razón, la felicidad también lo es, y en busca de esos animalitos tan escurridizos perdemos bastante más que tiempo.

    Un saludo desde mi vacua intrascendencia.

  2. Beatriz Vignoli Says:

    Excelente post, Daniel. Es exactamente lo que necesitaba leer hoy; casi que me iba a poner a escribir algo parecido, pero vos lo hiciste mejor y además para mí es mucho más sano y convincente que lo hayas escrito vos y no yo. Coincido absolutamente en todos tus conceptos y no lo leo como un llamado a la humildad, sino más bien a la madurez. Qué buena respuesta a tanto poeta canchero y ganador que anda por ahí.
    Reencontrarse con la propia pulsión de muerte, de eso se trata vivir y escribir; reencontrarse con el propio deseo, ese es el juego, de eso se trata esto. Sin cálculo. Sin un terrible ideal.

  3. freidemberg Says:

    Chas gracias, Beatriz. No sabía qué poner, se venía el día de entrega y eché mano a las cosas que me digo a mí mismo para tratar de pasarla un poco mejor, salvo uno de los fragmentos, precisamente el que pegaste en tu blog, que trata de registrar lo que anteayer me pasó por la cabeza al leer un texto y tratar de entender qué me pasaba con ese texto, no voy a decir de quién. Lo que me sorprende es que se lee lo que puse como si fuera un texto bastante homogéneo, mientras yo lo pensé como pedazos sueltos. Puede que no me haya dado cuenta de lo que en el fondo estaba queriendo hacer. En todo caso, hay una palabra que usás hoy en tu blog y que me parece que sí está presente en todo, “cansancio”. Pero no como el del poema de Girondo (”cansancio del cansancio”, etc.) sino como descubrir que estar cansado puede ser bueno, a lo mejor porque no me queda otra. Cariños

  4. Tino Hargén Says:

    Enorme conexión siento con este texto tan disfrutable.

    -El tiempo perdido
    Soy medio monotemático ultimamente, pero el mandato del sistema es que todo tiempo no invertido en nuestra “carrera” –lo que se supone debe importarnos más como para correr- es perdido, es regalar posiciones a nuestros rivales, falta de seriedad, de ambición, de responsabilidad y no se cuantos crimenes más. En mi caso escribir, como cualquier actividad hecha desde el placer o la elección de hacerla, jamás va a ser sentido como tiempo perdido, en cambio si me parecen tiempo perdido miles de horas que entregué a tareas obligado por la compulsiva necesidad de obtener divisas para la subsistencia. Porque no todos viven de rentas, hay que comer y pagar las cuentas.

    - Por supuesto, tampoco les creo que nunca claudicaron, y si era verdad habrá sido de puro héroes nomás o de puro ojete decía mi abuela..

    - “……..Como si lo existente necesitara una garantía de existencia: una fe inventada que sustituya una enfermiza falta de fe……..” Hmm tampoco convertirse en un vegetal optimista, un nihilista festivo de la superficie lustrada. Como dice Werte en su blog, “sacáte las patas de ranas que parecés ridiculo buceando en la profundidad”, bien, pero me parece que por más que nos hagamos los boludos la profundidad existe y te seduce como una sirena en alguna de sus configuraciones. Aunque sea una palabra devaluada por su captura religiosa, en el deseo hay fe, entendida como alguna construcción que vaya más allá de las narices.

    La desconfianza me parece es un subproducto racional, nace de la experiencia, las pruebas que nos da la experiencia no pueden ser barridas por el hecho de que me pongo a jugar y listo, a veces podemos zafar pero hay casos donde los impedimentos no son entelequias, son físicos y no te dejan jugar en serio.

    - “Si no sentís que estás jugando no escribas. O sí, escribí, quién te lo puede prohibir, pero escribir, lo que para mí mismo llamo escribir, me doy cuenta de que puede ocurrir cuando siento la emoción de jugar, de estar en juego”.
    Yo creo que la clave está en manejar este mandato. En muchas de las cosas que describis que nos pasan al jugar se halla la tensión gobernante de la promesa del resultado, esa “zanahoria” está allí, en cada raquetazo, en cada parlamento a una mina para levantarla, en cada pelotazo o en cada frase que buscás tenga el efecto de matar elefantes, que encandile de talento, que le rompa el culo a todos en definitiva.
    A veces creo que todos los juegos son juegos de guerra, son guerras simbólicas, está en los genes de la especie. Son guerras civilizadas, metáforicas, poéticas hasta amistosas pero guerras al fin. La clave es si ese juego se disfruta antes de conocer la sentencia del resultado. Si la esperanza de ganar, el avistamiento de esa posibilidad -más no la certeza-colma tu ego para permitirte entregarte al juego. Si no es así te paralizás.
    Pero si no importa si la metés o la tirás afuera el juego deja de ser juego, hasta en el solitario pasa eso. Por lo tanto mi conclusión desde ese lado es que nunca hay juego por el juego.

    Ahora bien, es tan así o se puede ir por fuera de está lógica? Se puede estar fuera? Jugar por el placer del acto, sin la lógica del ganar-perder que le de sentido?

    -Un boludo alegre, si, de acuerdo, el circuito de hijos de puta es tan competitivo y de tan alto nivel ya que es ingenuo pretender tener posibilidades cuando uno es apenas un amateur, carece de ese talento natural y nunca se ha entrenado demasiado en ello como para mejorar. Un boludo alegre antes que un hijo de puta de fin de semana pretendiendo imitar a los top ten.

    Tino Hargén

  5. freidemberg Says:

    Tino: Caramba si la profundidad existe! Y cómo! Por eso justamente trato de no andar rindiéndole culto todo el tiempo. Además las palabras y las cosas tienen sentido según el momento: hace algunos años, cuando imperaba sin oposición la confortable creencia en que la profundidad es una pavada a la que se aferran ingenuos y losers, no habría escrito esto, tal vez ni lo habría pensado. Ahora que lo pienso, tal vez impere todavía.
    En cuanto a lo del juego, es cierto. Me parece, no estoy seguro, que traté de hablar, más que de jugar, de la sensación de estar jugando.

  6. Gerundio Sosa Says:

    Chas gracias, Freidemberg