Algo que sé pero que no sé qué es
Habiendo sido, como fue, un acontecimiento que sacudió como pocos a millones de personas, al menos aquí, en la Argentina, y todavía capaz de conmover apenas uno lo reencuentra en una película o en testimonios, la guerra civil española ya no nos compromete. No reclama tomar partido, ofrece un dilema concluido, ya ni Su Majestad ni nadie, salvo algún facho refugiado en el aznarismo, osaría estar a favor de Franco. Es historia, si por “historia” entendemos ciertos hechos que podemos estudiar o de los que nos pueden ofrecer relatos, pero ya no vivir como propios. Son otros los hechos que nos incitan a actuar, a tomar posición, a pelearnos con ciertas personas (o discursos o entidades) y respaldar a otras, las que nos hacen preguntarnos si estaremos viendo bien las cosas y comportándonos en consecuencia, los que nos enfurecen personalmente y nos alegran. No voy a decir cuáles, no hace falta.
Será por eso, pensé, que la primera sensación que me produjeron los afiches de la guerra civil que están exponiendo en el Museo Nacional fue un shock del tipo de los que se sienten ante la presencia de la belleza. Más, una reproducción chiquita, en blanco y negro, en un folleto, me produjo esa sensación: una clase de belleza intensa y purísima que ya no existe, que ya no es posible, nos ha sido negada por el envilecimiento de nuestros sentidos y nuestra creatividad.
La guerra civil española tiene que ver con mi historia personal. Estaba en los relatos de mi madre, en libros y revistas que leía de chico, nunca dejó de conmoverme. Pero también tiene mucho que ver con mi historia personal un rechazo profundo, casi al borde del prejuicio, hacia el arte propagandístico. Porque tiene algo de gato encerrado, de as bajo la manga. Porque todo intento de utilización me subleva, y me subleva porque he conocido miles. Porque siempre sentí que algo fundamental de los humanos queda humillado cuando algún tipo de poder, aún el que se guía por los mejores objetivos, quiere domesticar la creatividad, hacerla tascar el freno y obedecer los tirones de la rienda, y siempre le vi algo de amputación, de empequeñecimiento, una vocación de convertirnos en instrumentos a la que se debe en no poca medida el fracaso de muchas de las grandes experiencias emancipatorias.
Y porque en la fórmula “arte propagandístico” siempre el primer término queda parasitado y vaciado por el segundo, cuando –suele ocurrir– ambos no se anulan mutuamente: el efecto propagandístico ha demostrado ser muy pobre cuando lo toman artistas más interesados en hacer lo suyo que en convencer a las masas. ¿Quiere decir que ya no veo a esos carteles como propaganda? Es cierto que no tanto, pero tampoco podría ignorar qué es lo que ellos mismos, en imágenes y palabras, están diciéndome a los gritos. ¿Me conmueven estéticamente entonces porque ya no me apelan directamente, porque mis vínculos con las razones puntuales por los que fueron creados son más laxas? ¿Y puedo creer, si me pongo a pensarlo seriamente, que no me toca también, al menos un poco, por lo que para mí significó y significa la guerra civil? ¿Y no será que me impacta por las dos cosas, porque hay una distancia pero también una relación que no se borró, no se va a borrar nunca?
No sé, lo que sé es que me pasa algo muy fuerte mirándolos, y que eso que me pasa me emociona y me da placer pero no me mueve a la acción, como también me pasa, por ejemplo, con ciertos interiores de Matisse, ciertos paisajes de Cezanne, las relaciones entre el fondo de cartón y las líneas negras y las manchas blancas y rojas en un collage de Nigro, ciertos dibujos japoneses, una foto de Buenos Aires seminublada al anochecer, con las luces de los autos retornando, que tengo como fondo de escritorio en mi computadora. Relaciones de líneas y colores y planos, movimientos tácitos en la superficie fija, pero también una “carga”, algo que parece animar esas imágenes y que tiene que ver con lo que llamamos “sentido”.
Hablando de estos carteles, Tito Giudici me decía que nunca el arte del afiche alcanzó un nivel tan alto como en los años 20 y 30, tal vez porque ciertas coyunturas producen situaciones excepcionales en las que desaparecen las contradicciones entre la necesidad creativa y la de cumplir una función o llevar a cabo alguna de las tareas que las distintas instancias de la sociedad exigen. No habría ninguna diferencia, como no las hubo para los que pintaron los animales de Altamira a fin de que los dioses les fueran más propicios en la caza o alguna otra finalidad parecida, o como no las hubo –en otras circunstancias y con aspectos muy distintos– para Howard Hawks o John Ford, capaces de hacer arte aún produciendo según las necesidades de la gran industria del entretenimiento.
Es muy posible, le dije, y también es muy posible que la enorme energía que todavía late en esos afiches tenga que ver con que no todos los hechos históricos y políticos despiertan el mismo tipo de reacciones en quienes los viven. Algo puede haber ahí, quiero pensar, de la energía de un momento histórico, de un tipo de pasión que no necesitaba forzarse, por eso fluía de esa manera. No sé, son todas hipótesis, siempre provisorias, ganas de complicarme la cabeza en vez de sencillamente mirar. Pero es bueno, en todo caso, muy bueno, y lo agradezco, cuando la experiencia de vivir algo, encontrarse con algo inesperadamente, le abre a uno la cabeza, le remueve las certidumbres, lo obliga a pensar todo de nuevo.
9 Responses to Algo que sé pero que no sé qué es
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Interesante, supongo que tu visión es clara y hasta muy razonable, nos hacemos de los futuros hechos históricos (que aún no lo son, o por lo menos no se los llama de sa manera) que nos circundan. Desde el momento del nacimiento absorvemos todo nuestro entorno, y en ciertas circunstancias más que en otras el arte se manifiesta de acuerdo a ello, como un principio de acción y reacción. Yo siempre pensé que no puede existir arte sin sufrimiento, que el arte es nuestro sudor, la limpieza interna de un artista, de una sociedad o de una época.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención de tu artículo es el título:
“Algo que sé pero que no sé qué es”. Me llamó la atención porque usa diez u once letras para decir nueve palabras, es decir, la cantidad de letras casi se iguala, en una frase, a la cantidad de palabras. En frases cortas esto es un poco más fácil (o en frases con palabras con pocas letras: “se es o no se es, no lo sé”, hasta salió existencialista), pero tu frase de nueve palabras con palabras de tres y cuatro letras es, por lo menos, curiosa y armónica, supongo que tiene un equilibrio y no suena cacofónica, que es otro detalle importante. Otra cosa, tiene veintinueve letras la frase total, osea que más o menos el promedio que se repite cada letra es tres veces, otra curiosidad. En fin, un saludo.
No sé si corresponde, Baker, pero no puedo menos que agradecer, y mucho. Sobre todo por esa lectura del título. Me halaga que alguien encuentre todo eso en una frase mía, si de verdad pude conseguir eso salvé el día. Gracias.
A mí la república española tampoco me es exterior.
Buenísimo post. Me parecen bárbaras las reflexiones en voz alta. Una cosa que mucho no se hace por un reprochable miedo al ridículo.
Estuve buscando una página con gran cantidad de cartelería de la guerra civil para enlazar, pero la han descolgado.
Bueno, esto ya viene desde hace siglos, filósofos de otra era lo decían (y hasta Borges era de esa idea), la piedra ya tiene forma, el artista, el escultor, sólo debe encontrarla. Y claro que la encontraste y la seguirás encontrando, y supongo que ya tenés el día salvado hace mucho tiempo. Un abrazo.
Me apasiona el tema del arte por encargo y el condicionamiento de la total supremacía u omnipotencia sobre la concepción y concreción de la obra. Lo que pone en realidad en crisis me parece que es el concepto de arte como fenómeno absoluto del individuo.
En cuanto a la calidad artística del producto la diferencia solo está en el artista. Si a Mozart le encargan un tema ligero para un vodevil, la cosa pasa por saber si él hace lo mismo que si estuviera a cargo de la decisión de escribirlo, sólo el artista sabe hasta donde se condiciona o traiciona su libertad técnica. Pero partiendo desde una motivación que no nace de sus entrañas ¿puede estar a la altura de otra obra que si lo ha hecho?
Tal vez jamás se le hubiera ocurrido a ese músico escribir para algo para un vodevil como elección, lo que está violando esa situación es la supremacía absoluta de la decisión individual, y en cierta manera instalando ya un grado de arte co-construido. Yendo más allá, el arte colectivo no está lejos de ser eso, de 100 decisiones creativas posibles tal vez una sola de ellas sea individual.
La restricción del control individual de un aspecto central de la creación como el impulso primario, ¿ la invalida como producto artistico o sólo se trata de una violación al código de la libertad creativa individual?.
(Yo no soy Daniel Massei (ayer mi último comentario había aparecido con su nombre), el wordpress tiene esas cosas, cuando está logueado como admin pone el nombre de Daniel sin dar ningún tipo de bola al nombre que hayamos puesto originalmente. Corregido.)
Supongo que es muy sabido (pero ¿hasta dónde no es una expresión de soberbia o un gesto pedante decir que se supone que es muy sabido?) que toda decisión individual es social, comporta se quiera o no una determinación social, se inserta se quiera o no en algo que excede a quien la toma, y que todos estamos “atravesados” (como se decía hasta hace no mucho) por pulsiones y tropismos que vienen de afuera, pasiones que nos empujan o nos atraen generadas por otros o por un colectivo, un grupo, una corriente de pensamiento, sin contar con la adecuación a imposiciones en las que todos caemos, más o menos inconscientemente, porque de lo contrario no podríamos vivir. Pero creo que lo que intenté plantear, cerca del final del post, es otra cosa: hay situaciones extraordinarias, “iluminadas” diría (porque no encuentro otra palabra) en que desaparece cualquier diferencia entre cumplir una función utilitaria (al servicio de una causa o de un negocio) y simplemente crear, hacer algo que tiene un valor por sí mismo, que puede o no cumpir con tal pauta pero a la vez impone algo irreductible, inagotable. Se da poco pero se da. Quisiera creer que eso ocurre, en todo caso a mi me sirve para explicar algunas cosas que de otro modo me resultarían inexplicables.
Gentileza de Luis Bardamu, que me lo dejó en el blog, un link a la página de la ugt española, con algo más de 200 carteles:
http://www.ugt.es/ugtpordentro/guerracivil/carteles.htm
Algo más respecto del post: tal vez, para un artista republicano al menos, sea muchísimo más fácil “escribir poesía después de…” que hacerlo “durante…”. En todo caso, “durante”, es probable, y hasta inevitable, que incorpore a su arte, además de la forma y la belleza, otros imperativos. Pero siempre fue así. Sólo en esta época tinelesca uno tiene que andar pidiendo permiso para ser un buen vecino de sus vecinos, vecinos de calle, o de planeta, da igual.
Doy fe. Hasta donde yo sé, Baker no es Daniel Massei pero igual no pierdo las esperanzas que se haga cargo de algunas de mis deudas.