Schopenhauer post/al
Por Fabián López
“El cigarro es un sustituto del pensamiento”. Schopenhauer (frase dedicada a los Kaputteanos perseguidos por el fascismo de la salud)
La famosa estatua de Rodin siempre me pareció un boludo mirando Hora Clave. Mis imágenes de “pensador” son Diógenes el Perro y Baruch Spinoza, un punk de la Hélade y un marrano pulidor de lentes expulsado de la Sinagoga. Lo contrario a la imagen del pensamiento que supone esa piedra reconcentrada, ese cascote contemplativo… ¿Corresponde esa representación a la imagen del pensar en Schopenhauer? Tampoco. Al contrario, podría ser la figura de su término, de su disolución. De la renuncia a sí que es la culminación (según el autor de El mundo…) del pensamiento cuando éste se asoma a su propio borde. Y el sabio renuncia al mercadeo de vanidades, a la carencia esencial que arroja a los mamíferos parlanchines al teatro berreta del mundo, a la voluntad de vivir, para recostarse en el nirvana, en el suave reposo de la nada.
Recapitulemos. Para el alemán la trayectoria existencial de un individuo se define o determina por lo que él es (su personalidad “natural”, presubjetiva, salud, fuerza, inteligencia…), lo que tiene (la propiedad…), y lo que los demás piensan de él (la intersubjetividad, la mirada del otro, o el Gran Otro lacanoso, todo ese juego de convenciones, arbitrariedades, y conveniencias llamado también “opinión pública”; S. lo resume en honor y gloria o sus contrarios). Dicho al pasar: esta clasificación es un poco expresión del estado sociopolítico alemán del siglo XIX, de lenta modernización, donde la circulación del aura está aún despegada de la circulación de la propiedad, y las viejas clases conservan la ficción del status propio de la “vieja sociedad”, desde la cual desprecian de modo elegante y sin perder los modales (después de todo, no dejan de aceptar sus dineros) el materialismo utilitario burgués; la posición de Schopenhauer es la de los intelectuales del siglo XIX/XX: desprecia a ambos desde el lugar del espíritu (los intelectuales alemanes, para sobrevivir, muchas veces trabajaban de preceptores de la progenie de los burgueses, trabajo que consideraban servil, que los hacía comer con los mucamos, y oficiar de amenizadores para esa chusma adinerada para la que la cultura y el arte no era más que un barniz, un adorno elegante y legitimador).
Como la filosofía crítica alemana en general, Schopenhauer se mantiene pegado a la piel del mundo. Tiene una lucidez extrema respecto del trajinar humano sobre su mundo fabricado. Su teoría del deseo, por ejemplo, no difiere demasiado de la del psicoanálisis; si no se las puede sin más identificar en toda la línea, sí por algunos motivos y problemáticas compartidas: el objeto nunca es lo que promete, porque es un sustituto de la finitud humana; el querer conciente, aparentemente finito y por tanto direccionado a algo particular y saciable en él y con él, es expresión de un querer genérico, indeterminado, y por tanto formalmente infinito. La Voluntad de la voluntad. El pensamiento humano es su astucia más refinada, la más compleja creación de la vitalidad de la naturaleza. Y es también su borde, en el cual algunos hombres, los mejores entre ellos (le falta nada más mencionarse a sí mismo…), asomados al fracaso, comprenderán, como Buda, la futilidad de todo.
Así que su primer gesto es de apertura clínica. Pero lo que ve no le gusta, sus semejantes (…bueno, él no los llamaría así…) le resultan horripilantes. El mundo le parece una ficción articulada por la estupidez humana, un baile de máscaras animadas por bajas y momentáneas pasiones. Un mundo de colmillos acechando detrás de las sonrisas. Pero a diferencia de otros pesimistas terrenales, en Schopenhauer no hay esperanza (sólo escapatoria); no hay predestinación que arroje al animalito humano a la locura del mundo con algo parecido a una risa en el rostro, salvo simulada, y más allá del tajo oblicuo de un sarcasmo. Es así que al interior de esa exterioridad plantee un bucle ético-existencial de retracción, un renunciamiento. Fuga hacia una interioridad que poblará, como se sabe, con algunas figuras de la filosofía oriental (budismo, brahmanismo…).
William James, en la primera de sus conocidas conferencias, dice que el pensamiento es función del talante, y que éste tiende a dos grandes polos: el “racionalista” (dogmático, denso, imperativo, amargado, devoto de los principios eternos y abstractos, es probablemente habitué de algún templo), y el “empirista” (flexible, jovial, sociable, amante de los hechos en toda su variedad, es comprensivo y tolerante…). Es algo descorazonador, al menos llevado hasta cierto extremo. Pensar que uno se encuentra atado a su psicología o a un sistema de inclinaciones como a un destino… aunque fuera cierto me parece aberrante, éticamente repugnante. ¿No es posible pensar contra o a pesar de uno mismo? ¿Por qué no pensar que una idea puede arrastrarnos como un viento dulce y poderoso, y fabricarnos un temperamento a su medida? En todo caso, digamos que en cierto sentido Schopenhauer parece una confirmación de la idea de James, idea que el alemán compartía, aunque en términos menos reduccionistas. El alemán fue el que fue, para espanto de la sociología, a pesar de todas las determinaciones. Hijo de una familia comerciante bien situada, socialmente relacionada (Goethe, entre otros notables, concurría a las tertulias organizadas por su frívola madre), todo conspiraba para que continuase el negocio paterno, se casara convenientemente, y engendrara futuros herederos de una propiedad mayor. En cambio se dedicó a la filosofía. Cuando fue profesor en Berlín soportó con el desdén de su metafísica que todos los alumnos prefirieran la clase de un optimista histórico, un tal Hegel, y que la suya fuera un páramo. Defendió las mismas ideas a lo largo de toda su vida, y terminó viviendo de rentas (que, hay que decirlo, en el capitalismo es la “verdad” de todos los reposos, sea el Nirvana, el ocio filosófico, y cualquier forma de eso que su padre burgués hubiera llamado vagancia), con la compañía de un perro, de lejos preferible a las mujeres, menos obedientes, más caras, y que muerden y gruñen simulando hablar.
Digamos a su favor que cuando le llegó el reconocimiento, al final de su vida, todavía le quedaba la voluntad suficiente para difundir su obra y cobrarse algunas venganzas.
Shopenhauer: kaputt.
[Música de compañía: New Roman Time, de los Camper Van Beethoven, un disco bien poco schopenhaueriano (una ópera rock anti/imperial).]
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Sí, las clases de Schopenhauer eran muy poco concurridas. Pero había un alumno apasionado (en aquel entonces) por sus ideas que no se perdía ninguna.
Un tal Freddy, Fred, Friedrich… Nietzsche. Él pudo arrancar una carcajada del abismo pesimista de Schopenhauer, quien también fue maestro de un tal Fred, Frida… Freud.
Es que leerlo es divertidísimo. Su capacidad de hacer la fenomenología de la barba, el pucho, o los juegos de mesa. Me pregunto si eso es sólo el efecto del paso del tiempo, o si sus contemporáneos no supieron o pudieron verlo. Otra cosa que me parece atrayente es que una inteligencia así pueda albergar tamaños prejuicios.
Soy un fanático de EL ARTE DEL BUEN VIVIR.
Hay que decir algo sobre Schopenhauer: el vino, las mujeres y la muerte, el arte del buen vivir (y amar), metafísica de la sexualidad, etc; los mejores títulos siempre estuvieron de su lado. En Italia, hoy día, toda la bibliografía fue reeditada pero en libritos muy económicos, que en esencia son sólo algún texto extractado de algún libro o una recopilación temática de varios. Lo extraño es que se venden entre los libros de autoayuda, en cualquier supermercado que se precie. Uno no sólo puede ir ahí y comprarse un buen vino, también puede acompañarlo con el arte del buen beber, por ejemplo.
Acá, con la leve recuperación, están apareciendo esas pequeñas editoriales (que tal vez sean sellos de goma, no sé) que tiran series tipo “Grandes pensadores” etc., que son muy baratas. El otro día vi en avda. Corrientes “Sobre la libertad” de Schop. Esos libros suelen ser cortes coherentes del Panerga, que son obras autónomas reunidas al final de su vida, con el reconocimiento, y escritas con afán divulgador, que se sostienen de modo autónomo. Acá no he visto esos recortes bestiales que pueden ser del gusto de algunas editoriales. Lo de libros en el supermercado, acá en un tiempo se empezó a ver, libros de autoayuda, pero no duraron mucho. No deben haber funcionado.