Tiempo es salud
Posted by Daniel Massei on December 29th, 2005 filed in NaturaliaExiste una idea peligrosa, perimida y obsoleta a la que sin embargo, casi todos cargamos en nuestro cuerpo. Tiene que ver con el tiempo, con la horas, con la medición del inacabable continuo en que se desliza nuestra propia vida. Vivimos sabiéndonos mortales pero la muerte no es más que un horizontre difuso, una terminal del después, un vacío poco expresivo. Mientras tanto nuestra vida es, a cada hora, infinitamente nuestra. Y la pretendemos, porque quizás no exista otro modo de vivir, definitivamente ilusa o simplemente desmemoriada. Será la ilusión de ser inacabables, de jamás morir, o el olvido. Aquí como en tantas otras esferas del razonamiento, la razón juega un partido extraño: inventa la paradoja de olvidar la muerte propia y ajena, a cada paso. Somos mortales sí, pero sólo tomamos consciencia cuando intentamos argumentar nuestro propio desconcierto. Para vivir no es necesario argumentar, en cambio se vuelve imprescindible comprendernos como inmortales, actuar como si lo fuéramos. Es que de no ser así ¿cuál sería el sentido de llevar reloj, agenda, y citarnos para mañana? Sin dudas, sin ninguna posibilidad de imprevistos.
-Si no llegué para las cinco, dame por muerto.
No sé quiénes fueron los primeros seres humanos en medir el tiempo, en realidad nadie lo sabe. Los chinos utilizaban la luz del sol pero los egipcios y los incas también. ¿Importa? Tres mil años antes de Cristo ya había idiotas que no querían llegar tarde a una cena. No confiaban sólo en el hambre, ese reloj biológico, para medir el propio transcurrir de su fisiología, cuando el tiempo es tan personal como personal es cada necesidad. También existía el día y la noche, la naturaleza y sus veranos e inviernos, la luz de la luna y sus ciclos menstruales, todo fue una conspiración que desembocó en el artefacto que vos llevás en tu muñeca. Y hoy por hoy ni eso; la computadora también nos dice la hora, el televisor, los teléfonos. Las paredes de tu casa casi con tanta seguridad como las paredes de tu trabajo.
No se me ocurre ignominia mayor que la de caminar corriendo porque hay que marcar una tarjeta, tarjeta en la que quedará registrado tu ingreso casi tanto como tu egreso y cada año será igual, en caso de que cada año no sea definitiva e imperativamente, un poco peor.
Se acaba el año, es eso. Siempre hay en estas fiestas una cuota importante de estrés. Descorchar el champán de fin de año representa la explosión neuronal de gente que corrió, corrió, corrió y ¿todo para qué?: para llegar antes de las doce. Chin chin y que tengas un buen año.
El año, año calendario que hasta contempla el error de un bisiesto cada cuatro y el de tener un mes medio pavote porque se acaba a los 28 ó 29 días, no deja de ser una simple convención. Si el tiempo fuera algo más que una mentira que nos creemos los unos a los otros, cada mes tendría 31 rigurosos días y nada más. Existiría una hora específica para la poniente y otra para el alba, y se cumpliría durante todo el año. El sol, a él también le debemos parte de la vida miserable que llevamos, desaparecería cada vez que nos levantamos de mal humor. Si siempre fuera de noche, pienso, si el próximo año alguien o algo podría asegurarnos que sólo viviríamos durante la noche, añoraríamos la luz del sol y nos aficionaríamos irremediablemente a los gatos negros. No hay vueltas, el hombre nació inconforme, el gataflorismo es la única organización sin fines de lucro que persigue algún sentido.
Apareció el reloj de arena en el siglo III y se agravaron todos nuestros problemas. Ni hace falta nombrar al primer reloj pulsera o el infanticidio del cucú que hizo de Suiza un país tan reconocido: Cu Cú, Cu Cú. Y las campanas de las iglesias, campanas en las que yo soy más experto que ustedes porque casi seguro que veo por día mas iglesias de las que ustedes son capaces de ver durante todo un año. Si pudiera utilizarse la suma de las iglesias por las que uno pasa, digamos que a la número 3550 debería cumplirse un año, yo sería mucho más viejo que todos ustedes y aún así, se los aseguro, ni siquiera sería demasiado sabio.
No tengo muchas ganas de escribir, no es momento. Sólo me gustaría informarle a todo el mundo que cuando un año cambia, es porque no cambia nada. Quizás, el almanaque de las gomerías, pero nada más. 2005, 2006 me provoca más o menos lo mismo: vacío, niente, nada. Excepto que supimos llegar hasta aquí y que jamás, por mucho que podamos desearlo, obtendremos alguna seguridad con respecto a estar también para el próximo fin de año.
Llegarán las doce y explotarán petardos a la que una mano temblorosa encendió su mecha, quizás persiguiendo la última de las utopías posibles: que la pólvora explote justo en el instante en que el reloj cambia de año. Una estupidez que, en el fondo, no hace más que demostrar que la gente vive apurada y que no hay forma alguna de coordinar dos relojes. Cada máquina del tiempo lleva la hora que le agrada a su portador y por eso se nos vuelve tan difícil encontrarnos en una esquina; cuando hace frío o cuando hace calor. Aquí frío y allí calor. No es que importe demasiado, a pesar del frío yo le voy a dar sin asco al champán bien helado y ustedes, en cambio, celebrarán con nueces y pan dulce. Estamos a mano, comenzaremos el año del mismo ridículo modo: celebrando celebraciones que ni siquiera nos pertenecen del todo, que nos fueron impuestas por la sacra ritualidad de nuestras familias.
No obstante me parece que existe una única cuestión que importa realmente resaltar: tiene que ver con el brindar, y con el brindar con amigos. Allí es donde valen nuestros deseos casi lo mismo que los de ellos: tanto en aquello que se espera como en aquello que se intenta. Quizás no sea la esperanza lo último que perdamos este año y quizás esta vez y por una vez, sí, nos baste con la intención.
Aunque más no sea: que este año, tampoco se nos acabe el champán.
Y buen año para todo el mundo.
December 30th, 2005 at 12:12 am
Los metrónomos sólo rigen una pauta primaria y externa, la música real se desplaza milésimas de segundo, y se torna inmedible. En esa irregularidad ella puede conservar su corazón estable. Igual que el inconsciente, esclavo sin agujas del amor y del dolor.
Un beso, feliz año…