Murciélagos y vampiros

Posted by Daniel Massei on June 30th, 2005 filed in Naturalia

Dedicado a Gabriela, mi ex, que ahora entra seguido a este sitio buscando información sobre lo que pienso, tantos años después de haberse llevado casi todos mis pensamientos en aquella valijita que, con supremo esfuerzo, fue arrastrando despacito, despacito, por el pasillo rumbo a la puerta de salida.

I

Hoy no tengo nada que decir.

II

Mentira. Para alegría de casi nadie en cambio, me doy cuenta de que aún así tengo algo que decir: que el silencio no hace literatura pero que tampoco deja de hacerla. Un texto sin silencios, más que un texto es una pieza teatral cantada, una especie de ópera o lo que es peor de ópera rock donde todos los personajes desafinan de manera vergonzosa. En eso nos hemos convertido. En eso y en tantas otras cosas, suficiente como para no nombrarlas, como para dejar que todo transite su propio cauce natural en el caso que cauce natural quiera decir alguna cosa, y en caso que literatura también quiera decir alguna cosa.

III

Aquí, en una habitación desde la que puedo ver una colina, aquí en una habitación a la que invaden los ruidos del tránsito de un infierno que no me pertenece, a esta hora, la hora de las motos, tampoco se puede dormir. Hay alguien que lo intenta en la habitación de al lado y en honor a su intento es que decidí cerrar la puerta. Aquí, ahora mismo, son cuarenta grados irrespirables en esta habitación sólo iluminada por la luz de mi monitor y aquí, ahora mismo, comienzo a recordar a algunos amigos que quedaron del otro lado, en algún otro lado.

Recuerdo a alguien que pasó encerrado en su habitación, una habitación más chica que ésta en la que estoy ahora, un par de años casi tan largos como tres o como cuatro. La excusa era escribir una novela pero, y es ahí donde la excusa se complicaba de un modo que hacía prever que ningún retorno ya le era posible, esa novela pretendía sólo retratar un sonido; un único sonido. El canto de los murciélagos cuando regresaban a sus cuevas en esa hora inexacta en que se intuyen las primeras luces de la madrugada. Mi amigo los llamaba vampiros pero por simple deformación de la lengua, no porque creyera que vampirizaban a nadie. Iba a verlo y siempre me hacía un lugar entre una pila de libros y publicaciones de todo tipo y periódicos viejos, siempre absolutamente a oscuras. Hablábamos largo de este asunto, también yo tenía alguna obsesión con toda esta cuestión y apostaba a la finalización de su novela para responderme algunas preguntas que de ningún modo podía responderme solo. A ambos nos llamaba la atención el silencio de los demás al respecto, siendo un sonido notoriamente distinguible cada madrugada de verano, no podíamos entender del todo el desinterés con que la gente lo rodeaba, la poca importancia que todos le asignaban. Nadie parecía oírlo, sólo nosotros. En Buenos Aires, cualquiera que estuviera despierto en esa hora donde la ciudad se vuelve un cuerpo apenas ronroneante podía reconocerlo con sólo prestar un mínimo de atención a lo que sucedía a su alrededor. Sin embargo por algún motivo que desconocíamos, casi todos preferían dormir a esa hora. Los murciélagos, me decía, habían al fin vampirizado algo; el conocimiento de los seres que los rodean, el mínimo registro de su propia existencia.

Gradualmente su teoría comenzaba a volverse burda, corría serios riesgos de creer que la culpa de casi todo lo que nos aquejaba les pertenecía a esos bichos feos, ciegos y que duermen colgados y patas para arriba durante todo el día, todos los días.

Creo recordar que tanta obsesión comenzó en mi casa, o en la suya, un día que abrimos la puerta del baño y nos encontramos un espécimen muerto en la bañera. Había roto el vidrio, desorientado seguramente, y terminó aplastado por la inercia, la gravedad, el envión y la estupidez contra la loza donde alguno de nosotros decidía bañarse alguna que otra vez. Recuerdo que estuvimos ambos mirando al cadáver, con reverencia mimética durante horas. Ninguno tenía el coraje suficiente para deshacerse del occiso, bicharraco que si es bastante feo vivo imaginen lo que puede ser muerto. Al final creo que sorteamos quién debía encargarse de la autopsia, el entierro y el funeral. Lo jugamos al cara y ceca de una moneda demasiado barata y mal tirada que me terminó dando la razón a mí quizás porque era mía, o quizás porque hice trampa y ahora no lo recuerdo.

Nunca se pudo deshacer del finado, creo. Se quedó con él, habitando alguna cueva oscura a su lado. A poco de comenzar con la escritura de la novela, creo que no había terminado aún con el segundo capítulo (era un ser humano suficientemente metódico para escribir un capítulo detrás de otro, el que corresponde numéricamente, primero el primero y después el segundo, no todos somos así) llegó a la conclusión que no podría lograr de ninguna manera aquello que pretendía, a no ser que se dedicara a escribir solamente en el momento en que sentía esos sonidos. Usó la palabra sentir porque oír le parecía demasiado modesta. Durante el resto del día sólo se dedicaba a leer sobre radares, especies de murciélagos y otras porquerías parecidas. Un día me pidió que le escribiera un prólogo pero al mismo tiempo me exigió que respetara el sistema que había elegido para su escritura. Caminé de mi casa a la suya, esas veintipico de cuadras que me separaban de México y Belgrano varias madrugadas. El prólogo estuvo listo un día de invierno, lo recuerdo, a las siete de la mañana. Creo que él aún iba por el décimo capítulo pero ahí fue donde me advirtió que todavía le faltaba bastante, había decidido que la novela debía resolverse en veinticinco. No supo darme ninguna otra explicación. Esa misma mañana, mientras conversábamos sobre esto, caí en la cuenta que había sucedido con él lo mismo que de algún modo nos sucede a todos; se había transformado en un sujeto parecido al objeto de sus desvelos: tenía la piel oscura y usaba lentes. Se cambiaba de ropa más bien poco y cuando se cambiaba seguía vistiendo ropas sucias. Recuerdo un gamulán ya viejo manchado de grasa a la altura de sus codos, un gamulán perfectamente posible para alguien que habitara en una cueva. Seguía caminando erguido, con la cabeza arriba, pero yo no podía evitar la sensación que su vida continuaba un tanto colgada, excesivamente dada vuelta.

También recuerdo a la señora portera del edificio donde vivía encarándolo cada vez que lo veía (cuestión ésta que no puede decirse que sucediera demasiado a menudo), para preguntarle cuándo se iba a poner al día con las expensas. Mi amigo que ya casi no comía, no sólo porque ya no tenía suficiente dinero para hacerlo sino porque tampoco conservaba suficiente interés en hacerlo, invariablemente le contestaba que mañana veía; mañana vemos, le decía.

Sé que a estas alturas del relato muchos de ustedes están esperando que se muera. Nos acostumbramos alguna vez a que la muerte lo redima todo, pero en este caso no fue así y casi nunca en la realidad suele ser así, la muerte llega cuando llega, y cuando llega habitualmente no redime nada. Dejamos de frecuentarnos durante mucho tiempo, siguió vivo y hasta donde yo sé, jamás terminó aquella novela. Conoció una mujer bonita aunque un tanto lúgubre y, creo, se casó. Fue director de una revista orientada al vampirismo, esa moda espúrea que duró lo que dura toda moda y puede decirse que hoy es un escritor medianamente reconocido. Prolijo, metódico, capaz de perseverar en el intento de narrar un sonido pero incapaz de perseverar lo suficiente hasta narrarlo.

Las preguntas aquellas para las que yo esperaba respuesta me las sigo haciendo pero, ya sé a estas alturas que nadie va a querer nunca obsequiarme una respuesta.


7 Responses to “Murciélagos y vampiros”

  1. Beatriz Vignoli Says:

    “Los murciélagos son feos,
    dan miedo y terror,
    y nunca están limpios.
    Los murciélagos se duermen
    ¡abrigaditos! en cueva triste.

    A los murciélagos
    no les importa
    Batman.”
    (Sumo, After Chabón)

    Conozco ese sonido. Las primeras veces que lo oí, con la rapidez para la aprehensión de los detalles de la realidad que me caracteriza, pregunté qué hacían esos pájaros cantando a esa hora. Era esa hora en que no se sabe si es de día o de noche.
    (¿Se habrían quedado trasnochando, esos pájaros, habrían madrugado demasiado temprano? Qué extraño, pensé).
    Pude preguntar: “¿Son pájaros?” porque estaba acompañada, bien acompañada, digamos, por alguien perteneciente a esa otra mitad de la humanidad que se da aires de tenerla re clara, pero terminan siendo siempre queribles porque comparten generosamente ese exceso de información que manejan, que de otro modo los abrumaría. Un hombre. Dijo: “No son pájaros. Son murciélagos”.
    Presté atención al sonido. Su parecido con el canto de los pájaros era siniestro. Pájaros y murciélagos se parecían como deben parecerse entre sí los ángeles y los demonios, si es que existen. A lo mejor todos estos bichos voladores tan distintos y tan parecidos, parientes lejanos entre sí, son el origen de muchos seres más o menos imaginarios.
    Puede dar sentido a una vida el intentar ponerle palabras -o relatos, o imágenes- a ese sonido.
    ¡Qué buena historia!

  2. Daniel.- Says:

    No recordaba eso de sumo, la verdad. ¿Sabés cuál es la diferencia Xenia? Que los pájaros no cantan por el eco, no cantan para escucharse, los murciélagos si. El eco es lo que los salva, lo que los orienta en la oscuridad porque ellos son absolutamente ciegos. Por eso, si los escuchás bien, vas a sentir una música mecánica, un increscendo minimal no animal, cada vez más, cada vez más, y de pronto el silencio. Con la primer luz, el silencio. Es un instante, es muy impresionante, de pronto el silencio. Es cosa de vida o muerte, porque el murciélago que no llegó a la cueva, con la primer luz ya está muerto. Son ciegos siempre, pero la luz del sol los mata, es curioso. No son tantas las ciudades en el mundo que tienen una población tan importante de esos bichos como Buenos Aires y sin embargo hay muy poca literatura al respecto. Ahora eso sí, ante cada estreno de la saga de Batman, los cines se llenan.

  3. Genovese Says:

    Los murciélagos, en general, sufren de hidrofobia. Peor que los perros, pues nadie los tiene de mascota como para vacunarlos.
    Los murciélagos vuelan cuando hay viento, o al menos una brisa fuerte, pues carecen de la energía necesaria para aletear con continuidad y deben planear constantemente.
    Los murciélagos son ratas aladas, que sólo gritan cuando vuelan.
    Los murciélagos son oscuros, para confundirse con el cielo de la noche.

    Y es cierto que dicen: “Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos.”

    PD: Y que yo sepa, tampoco toman mate.

  4. Mayer Says:

    Cómo olvidar el “revés al panza tu viendo”!

  5. Tino Hargén Says:

    Un texto tan decente como enrroscado, tipico de un porteño terminal, de esos que les tienen que dar quimoterapia para que no los mate el porteñoma que les crece en la panza. Pero bien, aprobado macho.
    Recuerdo mi casa de Pergamino, noveno piso, los bichos batmánicos se metían por el taparrollo , una mañana me despierto y el terror me paralizó al ver toda al evntana cubierta de manchas negras, mamita, los murciélagos desparramados y distribuidos. Que cagazo fatal!. No se como junté coraje para abrie la cortina de enrrollar con las esperanza de que la luz los hiciera rajar de allí. La abrí, pegué un manotazo la vidrio y rajé. A la hora y media volví y ya no estaban.
    Asi es amigos, los murciélagos habitan en cualquier ciudad , lo lamento por los porteños ombligueros del mundo, que encima leen página 12, están casi siempre recontra separados de matrimonios que armaron al pedo cuando eran jóvenes, y se fueron del país como mil veces y siguen enganchados en la esquina de Mexico y Tacuarí. Hay que ser hijo del subdesarrollo melanco sudaca para hacerse 15000 kilometros al culo del mundo y seguir preocupado por qué boludez escribió Fresán en página 12. Los murciélagos de campo en cambio tenemos la piel coloradita, aunque la soja sea ajena nos ilusionamos de que el aire es nuestro.

    Tino Hargén

  6. Daniel.- Says:

    Ay Tino Tino, lamento informarte que el día en que Tacuarí y México se junten, es porque nos dimos cuenta que no estamos caminando por Buenos Aires sino por Pergamino. A mí no me preocupa nadie che, de hecho no me preocupás vos, así que imaginate. Igual te mando un abrazo desde el culo del mundo, a vos, que te quedaste en Pergamino.

  7. Tino Hargén Says:

    Daniel, Daniel, no esperaba esta réplica tan obvia con una línea interpretativa digna de un maestro rural. En serio creés que es un error lo de las calles? Como no distinguís la metáfora deconstructiva? Ay, ay, tanto que te habrás desayunado con medialunas de Derrida o tortas negras de Deleuze en algún cafetín tipo Gandhi, lleno de psicobolches de anteojitos con cartera al hombro, y no captás el meta-significado?

    Espero no tomés a mal que use un humor agresivo, después de todo es un rasgo de identidad bien argentino. Ojo, no es que sea exclusivamente nuestro, en Francia hacen chistes de belgas como nosotros de gallegos, pero lo definitorio es que acá a los que gastan a todo el mundo en general les va bien, asi que no me puedo privar del efecto imitativo del ejemplo.

    Ya no vivo en Pergamino que debe ser tan mierda como Buenos Aires o Reggio, Calabria, pero leí por ahí que el culo del mundo es cualquier lugar donde no te entiendan los chistes. Mi animadversión al porteñaje tomalo como un resentimiento típico de quién quiso ser porteño y no pudo, pero en el trasfondo metónímico del significante, los quiero.

    Retribuyo abrazo

    Tino Hargén