Mecánica popular
Posted by Daniel Massei on August 25th, 2005 filed in NaturaliaMe fascinan algunos mecanismos, no puedo negarlo. Puedo pasar horas de mi vida observando un objeto mecánico. ¿Qué hace que un engranaje mueva a otro o que una complicada sucesión de resortes pongan en marcha un objeto hasta ahí absolutamente inanimado? Es algo que se me escapa. La fascinación no es más que fascinación: un sujeto que con la boca abierta no puede dejar de disfrutar la negación de su propia incredulidad.
Así las cosas, pasé muchas horas frente a instrumentos manipulados por la mano del hombre, descubiertos alguna vez y fabricados en serie alguna otra y llegué a algunas conclusiones que con el permiso de todos ustedes, voy a intentar relatar: a un mecanismo lo continúa otro, siempre. Y eso mismo es lo que conformó, con luces y sombras la sociedad de mierda que a todas luces tenemos. Desde la revolución industrial se sabe que las fábricas echan humo por sus chimeneas y envenenan el ambiente que todos respiramos. Pero no sólo eso, también se sabe que generan obreros, esa categoría de nosotros mismos que son casi el peor destino al que se puede asociar la vida humana. O era, porque para un obrero siempre existirá el fantasma de la desocupación para recordarle que su vida podría ser aún peor y obligarlo a enfrentar con buena cara al capataz que llega borracho e intratable cada puta mañana. ¿Qué hace un obrero u operario en una fábrica? Salvo contadas excepciones repite un mecanismo preciso y eso lo transforma a él en un engranaje de una línea de producción, al mismo tiempo que transforma al objeto que manipula en un engranaje de un mecanismo final cuyo destino, casi con seguridad, estará en la góndola de un supermercado o algo medianamente similar. Es decir que pasará a integrar otro engranaje y etc., etc. y casi toda la historia de la humanidad puede ser descripta como la reiteración mecánica e infinita de ciertos sistemas y mecanismos que derivaron por orden del progreso y la superación tecnológica en siempre más o menos lo mismo. Hasta que el error, la equivocación o el imprevisto, lo transformaron en algo de signo diverso.
Sé que se me entiende a medias hasta aquí. Déjenme intentar una explicación y veamos si logro clarificar. Hay objetos preciosos, donde la mecánica llegó a un punto de extrema sencillez y perfección. Tan perfectos resultaron al cabo del tiempo que nadie pudo superarlos y, de algún modo, la gente (o la competencia que también está conformada por gente) se aplicó fielmente a copiarlo. Milimétricamente, parte por parte, detalle por detalle. El error, lo inexplicable frente a esto y también lo injusto, es que algunas de esas copias llegaron no sólo a equiparar al objeto original sino también a superarlo. No siempre, pero sucedió y lo que sucedió justo después, es que el éxito de la copia la mayoría de las veces obligó a bajar el precio del objeto en cuestión.
Me explico con ejemplos, mejor.
La Smith & Wesson es la Smith & Wesson. Desde la revolución industrial para acá, su nombre suena a estruendo y a pólvora quemada. Me detengo en el revólver, observo su caño, su percutor, su gatillo, las cachas de goma. A diferencia del neófito, quienes conocemos algo de armas, además de poder recitar los nombres de cada minúscula parte del mecanismo, resistimos la compulsión a disparar sin balas. Por cada vez que el percutor golpea al vacío, lo sabemos, el arma pierde precisión. La Smith & Wesson, logró además imponer al revólver ese sistema donde un tambor permite seis disparos, como el arma del FBI o de los departamentos de policía de los Estados Unidos. Gracias a esa estrategia comercial, el revólver no se convirtió en un artefacto en desuso únicamente apto para filmar buenos contra malos en algún western decadente. Pero el revólver, en sí el revólver, tiene más méritos de los que aparenta: es un mecanismo de precisión absoluta, infinitamente más complejo que un reloj cuyo único motivo, perfecto motivo, es el de acabar con un cuerpo frágil. La difícil sociabilidad entre los seres humanos no sólo nos proveyó de profesiones abyectas como la diplomacia, sino que también nos generó el arma para que le pongamos punto final a cualquier entredicho. Hay que atreverse a usar un arma, nunca es fácil. Determinados mecanismos en nuestra más íntima soledad tienen que ponerse en marcha, no es tan simple.
Una empresa brasileña, Taurus, estudió cada resorte, cada alvéola de la Smith & Wesson. Tenía en la mira una única estrategia, hacer lo mismo pero venderlo a precio más económico. El acero de los brasileños era, si bien de calidad bastante menor, bastante más barato. Logró una copia, simple y vulgar copia. Jamás un revólver Taurus podría ser comparado a un original Smith & Wesson, de no haber mediado un imprevisto. Los revólveres tienen distintos formatos, se cuenta sobre todo el calibre y las pulgadas de su caño, a mayor cantidad de pulgadas mayor incomodidad de transporte pero mayor precisión en el disparo, es razonable. La empresa americana privilegió desde siempre sus caños cortos, los de dos y tres pulgadas porque son aquellos que se pueden esconder en una sobaquera o en una tobillera, tal cual vemos en las películas sobre agentes del FBI. Los ingenieros de Taurus y quienes nos apasionamos por el tiro como práctica deportiva descubrimos la misma rareza, al mismo tiempo. Los revólveres de seis pulgadas de Taurus alcanzaban una concentración de disparos mucho mayor a distancias superiores a los 25 metros que sus pares norteamericanos. ¿Por qué? No se sabe. Pero se cree que la menor calidad del acero redunda en un menor peso en el arma. Así, el mismo sujeto, con un arma cara o con su símil barata, consigue un 15 % de mayor puntería con poco esfuerzo. Siempre existe la posibilidad del imprevisto.
Y así como existe la posibilidad del imprevisto, existe también la posibilidad de prever todo, todo, todo e intentar mejorar aún lo inmejorable. Preguntarle sino a los ingenieros de Yamaha que consiguieron superar al saxo que se consideraba insuperable; el Selmer París. Lo de París es una redundancia, el Selmer siempre fue parisino pero desde que Selmer dejó de ser el apellido de un luthier y se transformó en una empresa, decidió abrir planta en USA la capital del jazz y vender allí su producto máximo. El Selmer USA no lo usa casi nadie, no se entiende tampoco por qué pero se parece en todo al que se fabrica en París menos en el sonido. En cambio, los Yamaha se hicieron un lugar en el mercado y no sólo porque son más económicos. Muchos saxofonistas alternan las marcas, consideran que el Yamaha es mejor para ejecutar ciertos estándares de jazz, garantiza una mayor sonoridad media y una mayor regularidad. Es un instrumento más cómodo para transportar en una gira por ejemplo, se le pueden reemplazar sus partes ante un imprevisto y continuar con el espectáculo. En cambio, al Selmer se sigue recurriendo para la improvisación y para las grabaciones, la brillantez de algunas de sus notas, más la fragilidad del sonido lo siguen convirtiendo en un monolito de bronce para quienes disfrutamos de esa música. Sin embargo acabo de perder una apuesta: puesto a escuchar por primera vez el último trabajo de Jan Garbarek, un saxofonista escandinavo famoso por transgredir permanentemente todos los cánones musicales, alguien que conoce mucho más que yo y disfruta de hacerme alguna que otra trampa, me preguntó si el tenor que estaba sonando me parecía Selmer o Yamaha. Después de tomarme un tiempo solemne de escucha concentradísima, opiné que sin dudas era un Selmer. Y no, resultó un Yamaha.
Y además no sólo existen los imprevistos y las previsiones, también existe el apostar a más, el tirar toda la carne al asador. Lo saben los también ingenieros de otra empresa japonesa, Kawasaki, más conocida como Kawa en el mundo de las motocicletas. Después de años de asistir impávidos al reinado más mitológico que mecánico de las Harley Davidson, decidieron que la estrategia a seguir debía ser la de salir a pelearle palmo a palmo la clientela con un producto similar. Y para que eso fuera posible, analizaron la Harley de arriba hacia abajo pero ya no con el fin de copiarla milimétricamente, sino de entender en dónde residía lo importante, sintetizarla digamos. Y así fue, sintetizaron la línea y sus componentes mecánicos e idearon otra cosa. Se llama Vulcan y a diferencia de la Harley es una moto realmente impresionante cuando uno la enfrenta en persona. Además, le metieron 2000 centímetros cúbicos de cilindrada (más que el 90 % de los automóviles que circulan por las calles de nuestra vida) para marcar diferencias con los 1550 de la más poderosa de las Harley. La Vulcan 2000 pesa cuatro toneladas y posee una belleza cromada imposible de negar hasta para alguien como yo que no se siente particularmente inclinado a las motocicletas. De tener un dinero que jamás voy a tener, la moto que me compraría sería esa Kawasaki; de tener un monstruo de ese tipo entre mis piernas, lo preferiría infinito, avasallante y feroz, y no un amuleto de tiempos pasados apenas ronroneante y cuya única furia tiene que ver con el marketing y la publicidad.
No creo que con la lectura o con la escritura (paremos de hablar de la literatura) sea demasiado diferente. Son mecanismos, sistemas. Existen las copias y el calco tanto como existe el trabajo serio que sintetiza lo importante y pretende otro desenlace. Y aquí nos encontramos nuevamente con la pretensión; al fin de cuentas, lo único que diferencia a un texto del siguiente no es su autor, es aquello que dice y del modo en que lo dice y más aún, lo que se pretendió decir previamente al momento de su escritura. Me llaman la atención sin embargo, algunos embates y algunos sobreentendidos que circulan entre nosotros. En los años ’90, en la Argentina, la única literatura que se publicó, narraba historias. De modo sencillo, simplemente historias. La mayoría de esas historias eran malas, lean bien; malas. Hubo otros que se dedicaron a ensayar mecanismos diversos, algunos y sólo algunos, consiguieron abrigarse con la manta protectora de la academia y la mayoría de ellos, lean bien otra vez, producen y producirán mala literatura. Pero ¿quién juzga? Yo, lector. Y entre unos y otros, las excepciones: gente que no fue tan mala porque hay que entender que la literatura es el reino de la excepcionalidad. Es el exacto territorio donde un sistema, un mecanismo más, un artificio como cualquier otro, eso mismo que llamamos oficio o artesanía o construcción o discurso o ingeniería o como mierda se nos ocurra: cede, se resquebraja y se desvanece frente a la anormalidad, a la anomalía, al error, a la equivocación, y a la excepción superadora.
August 25th, 2005 at 2:05 pm
Mi objeto favorito es el violín Stradivarius. Leí una vez en una de esas páginas de información general (diario La Capital, Rosario) que estaba hecho con maderas que habían sido afectadas por una mini glaciación que tuvo lugar en Europa en el siglo XVII, conocida como “pequeña Edad del Hielo”. El frío, al alargar el invierno y engrosar los anillos invernales del tronco, les dio una densidad y estabilidad especiales a las fibras de la madera. Por eso los violines Stradivarius tienen ESE sonido.
(Aplicar esta imagen metafóricamente donde corresponda)
August 25th, 2005 at 2:51 pm
Mecanismos son mecanismos, y la mayoría se desgastan. Otros se consumen a sí mismos por falta de uso (quizás por eso ocurren las lenguas muertas). Pero no siempre un mecanismo remite a otro. En el caso de los vehículos: nos llevan por espacios acondicionados para ello (calles, autopistas, caminos). Si desaparece el ansia de viajar, si no vale la pena ir a cualquiier parte, si no hay por qué viajar, ni por dónde, entonces el mecanismo se consume, deja de serlo, ya no es funcional.
Creo que el tema da para el ciclo de los ciclos. Eso sí, no creo que una Vulcan pese 4 toneladas ni 400 kilos, a lo suma pesa 400 libras que, creo, son algo más de 200 kilos. Salvo que sea la de Sauvignon Belgrano (agende de la SIDE, y chofer motoquero ocasional de Gaby Sabattini) que, seguramente pesaba 4 toneladas, de las cuales 3.800 kilos eran de merca.
August 25th, 2005 at 3:10 pm
Omar, no sé si llega exactamente a las 4 toneladas o a las 3,5 o a algún disparate por el estilo, no vi el peso en el sitio pero a mí me lo dijo un felíz poseedor de semejante bestia y mirándola, te juro, no se te ocurre desconfiar. Con decirte que no se la puede estacionar en bajada sino es en reversa porque después no hay manera de sacarla de ahí.
August 25th, 2005 at 3:58 pm
Obviamente, el tema da para largo, y no quiero arrogarme de especialista por un título. Una cosa es diseñar para la ingeniería y otra para la Literatura. La gran fórmula del ingeniero en diseño es la relación funcionalidad vs costo. Si puedo obtener el sonido de un Stradivarius auténtico con materiales “otros” a un costo menor que un Stradivarius auténtico, es un buen diseño (otra cosa es querer tener lo “auténtico”. A los ingenieros no nos importa el “aura” sino la funcionalidad, que es otro tipo de belleza.) Si el diseño va a tener el mismo o mayor costo, deberá ser superior en su funcionalidad. Es una relación simple, una ley de diseño.
La literatura también tiene sus mecanismos, su etapa clónica, su funcionalidad y su costo. Pero yo lo veo más como un Organismo. Organismo que se va mejorando darwiniánamente según la atmósfera a conquistar, pero siempre atrofiando otra de sus partes o extremidades: una economía de lo disponible, para respirar mejor. Una novela puede contar con un montón de mecanismo inútiles, pero en esa inutilidad puede estar su belleza. Cuando los mecanismos de una novela funcionan impeliendo al lector del Cap 1 al Cap N, son invisibles e insonoros para él (y hasta a veces, para el mismo autor, que los copia en bloque de otras novelas anteriores, por ejemplo)
Lo malo de saber como funcionan (cuando viajo en avión), es saber dónde puede fallar. Es sólo cuestión de uso, antigüedad y mantenimiento.
(Daniel, me gustó este post por la Tecnología y la admiración técnica. También el anterior post numerológico. Volver un poco a las Cosas -a los hechos , y dejar un poco las Palabras.)
Salute.
August 25th, 2005 at 5:20 pm
¿Así que sos ingeniero? Que cagada, ya tuve que abandonar uno de mis temas favoritos, la arquitectura, porque nos leen un par de arquitectos y nunca queda bien andar diciendo gansadas frente a alguien que conoce más ¿y ahora me encuentro con un ingeniero? No es justo.
Lo que decís es perfecto, tenés toda la razón en las diferencias que marcás. Una única acotación te hago y es que en la palabra diseño radica gran parte de la diferencia. Los objetos se diseñan, los edificios, qué sé yo que más, casi todo se diseña pero, diseñar requiere de una materialidad que la escritura no posee. En la novela, que viene al caso porque es el ejemplo del que vos hablás, a lo sumo se plantea un croquis o una sinapsis previa. Y yo que varias veces lo tuve que hacer por exigencias diversas, sé que nunca me pude ajustar a lo que me había planteado de antemano. En realidad me refería más a la actitud del lector no ingenuo o no desinteresado con respecto a los mecanismos y la estructura de lo que lee, esa clase de lectura que necesariamente tiene que elaborar quien además escribe. De allí esa analogía con algunos objetos mecánicos, se los puede copiar o aún calcar, pero lo que va a decidir si lo que se escribió es una vulgar copia o una obra en sí misma será el error o la pretensión, y en cualquier caso me parece que va a tener que ver con la excepción, con lo nunca previsto.
August 25th, 2005 at 5:33 pm
Daniel, hay que exponerse, no abandones los temas que te gustan porque ronden los especialistas, ya que estos a veces se equivocan por celo profesional. Además, yo no terminé Letras, pero no dejo de jugar en el arenero de la Literatura por eso.
Disfruté el artículo, y quería señalar que es bueno que Kapput se abra a nuevos temas y otros “areneros”. No hay como los puntos de contactos entre univeros diferentes: mis monografías se rarificaban de términos ingenieriles y diagramas razonados y “robaba” algunos puntos con eso.
En la novela, diseño su generatriz, codifico su ADN. Y después crece más o menos acotada, pero se adapta, se transforma, aprende de sí misma, y luego, como un chico madurando, me olvida.
August 25th, 2005 at 11:41 pm
Epa, asi que tirador deportivo el hombre, así que la ya inmortal frase de la pistola de Massei no era una metáfora! ;-)
Es que el arte, diga lo que se diga, tiene ese costado utilitario ( si, para mi el arte es UTIL ), en el buen sentido de la palabra, y los que gozamos arte somos a veces injustos, porque no somos jueces ni críticos, buscamos el placer, la satisfacción pura, y asi es que las copias a menudo hacen gozar más que los originales, como las obras de un enemigo ideológico también nos pueden hacer gozar. Pasa en música mucho, en mecánica y seguro en literatura. Si nuestra capacidad de experimentar placer con la obra de arte estuviera ligada de forma vinculante ( monolíticamente ) con nuestros juicios valorativos y justicieros, amén de éticos e ideológicos, no nos permitiríamos la claudicación moral de gozar más una copia que el original, porque nuestro juicio intelectual seguramente sabe y conoce que que el valor de una creación original, que rompe moldes, que crea escuelas, que provoca mutaciones, es de un mérito creativo y productivo muy superior al de un mero desarrollo que se aprovecha de esa creación ajena para perfeccionarla y hasta ocupar su lugar.
Justamente algo conectado a esto estaba esbozando para mi blog….
Y a hablar de arquitectura que quiero leer !
Hernán : ingeniero tenías que ser? ;-)
August 26th, 2005 at 7:50 am
Buenísimo el elogio de la técnica, o al menos de ciertos objetos producidos por la técnica ante los que uno se queda con la boca abierta, admirado (y cuando se me da la ocasión de admirar algo, es una de las mejores cosas que me pueden pasar). Uno de los mejores posts que leí en mucho tiempo, preciso, justo, con mucho de verdadero que decir. Qué cosa, soy el tipo menos peleador del mundo, odio la sangre y el dolor, pero los revolveres siempre me fascinaron como objetos perfectos y bellísimos. Me suena un poco forzada, de todos modos, la comparación con la literatura, aunque la salva la afirmación final: “la literatura es el reino de la excepcionalidad. Es el exacto territorio donde un sistema, un mecanismo más, un artificio como cualquier otro, eso mismo que llamamos oficio o artesanía o construcción o discurso o ingeniería o como mierda se nos ocurra: cede, se resquebraja y se desvanece frente a la anormalidad, a la anomalía, al error, a la equivocación, y a la excepción superadora.” Pero, sea ante la literatura y el arte como ante un revolver, un saxo o una moto (o una daga, hay ciertas dagas y ciertos puñales ante los que a uno se le corta el aliento, y no de miedo) ocurre, cuando están bien hechos, cuando no intentan parecer otra cosa que lo que son, cuando responden a una razón de ser (que tal vez no sea fácil definir o no se pueda definir nunca), cuando en su realización hay puestos inteligencia, amor y trabajo, que a uno le sobreviene un respeto inmenso, descubre que no todas las obras humanas son estafa y chapucería.
August 26th, 2005 at 9:40 am
a mí me gustaba sacar la tapa y mirar los martillos del piano
August 26th, 2005 at 12:33 pm
Hernán; mejor no abandono nada, imaginate si tendría que abandonar mis malestares como tema porque puede aparecer algún médico perdido por acá y diagnosticarme una hipocondría galopante. Imaginate si tendría que dejar de escribir sobre cualquier cosa que pueda comprometerme ante la lectura de un psi (de los que hay tantos relacionados con la literatura) por ejemplo, ante el temor que me encierren en un hospicio. Hay un refrán dialectal aquí donde vivo, que dice algo así como: mirada demasiado cercana, mirada forzosamente equivocada.
Tiene razón Omar que dice que el gran problema de todo mecanismo es que se desgasta con el paso del tiempo. Corre para todos lados.
Freidemberg, es cierto lo que marcás que la comparación con los mecanismos literarios resulta forzado. Lo había desarrollado de un modo diverso pero se me hizo largo y en el recorte posterior quedó así. La diferencia de un revólver con la daga me parece, es que la daga es un objeto fascinante pero todavía anterior a un mecanismo propiamente dicho, no tiene componentes mecánicos a eso me refiero. La daga es el arma original de los seres humanos, apareció antes que el fuego.
Jimena; el piano es el más fascinante de los mecanismos posibles. Sólo que en mi vida nunca dispuse de uno para investigarlo, digamos.
Y a Tino, concretamente nunca fui tirador deportivo pero sí fui tirador por placer y hasta llegué a ser instructor de tiro reconocido por el renar que es el órgano oficial que se encarga de todo lo que tenga que ver con las armas civiles. Y aprovecho la volada para recordarle a algún gil que nunca falta que cualquier cuidado que se pueda tener con un arma de fuego es escaso, siempre. Que las armas se guardan y se transportan descargadas y que aquel al que se le ocurre usar un arma para evitar un simple atraco, merece que lo caguen a tiros simplemente por estúpido.
August 26th, 2005 at 3:25 pm
Jo, jo. soy uno de los especialistas… Muy buen post! AMO LOS MECANISMOS. De chico jugaba al Meccano. Despuès al Rasti. Despuès hice aeromodelismo, barriletes con comandos, hice una màquina de fotos para sacar desde un W, con planos de la Lúpin y un potecito de helado. Y le saqué una foto a los techos de mi casa de Castelar con once años! Y la revelé, y la copié en el bañito de servicio! E hice un telescopio reflector con quince, y un catalejos con trece! Un motor elèctrico (elemental Watson) con catorce! Puta, creo que por esos tipos, Guerrero y Dol, soy arquitecto. A Dios gracias que tengo un padre ingeniero mecànico, y ni por casualidad se me hubiera ocurrido copiarle la carrera…
August 31st, 2005 at 2:57 am
Permiso…
Ya no tendría gracia que un auténtico Lamborghini ande por cualquier carretera que se le presente…….digo! la perfección en la ingeniería tiene un costo.