La excepcionalidad fotográfica
Posted by Daniel Massei on March 31st, 2006 filed in NaturaliaDespués de varios años, volví a poseer una máquina fotográfica. No sé bien a qué se debe pero las máquinas fotográficas son un mecanismo que logró cautivarme casi por completo pero, siempre, por un determinado lapso de tiempo. Meses, años, pero después un abrupto e infinito vacío que desemboca en el olvido o en la venta o en una pérdida ni siquiera del todo lamentada. Es como si arrastraran ciclos de vida útil, que tienen sólo que ver con la voluntad íntima de fotografiar, de retratar, de testimoniar con una imagen.
De mi última máquina a ésta que me acabo de conseguir –comprar remite al mundo del consumo y no sería exacto con lo sucedido, simplemente aceptemos que me la pude conseguir– muchos elementos cambiaron: ya no se revelan fotografías, ya no se decide el grano de una película, ya no se compran rollos, importa poco la velocidad de la obturación de la lente. La fotografía misma, observándola un poco, ahora remite a una serie de componentes bastante diversos: no es la luz lo que importa, al menos no tanto como antes. Quizás las lentes, quizás no. Hoy, una cámara de éstas que conocemos como digitales y que ya comienzan a ser las únicas que existen en el mercado, retratan un fragmento de la realidad. Siempre fue así se me podría decir, y es verdad, la fotografía siempre fue un fragmento pero, no de la realidad sino de la luz con que veíamos esa realidad. Ahora la luz ya no tiene tanto que ver, ahora es sólo realidad, bruta, impactante o anodina pero siempre realidad, como si cada instante pudiera guardarse dentro de una caja o eternizarse en una tarjeta de memoria. No sé si hay menos de arte, no estoy seguro, pero sí me parece innegable que hay menos de artesanía, menos de oficio, de manualidad. El aroma de los ácidos y el rito del revelado en un cuarto semioscuro, el rosario de contactos impresos sobre el celuloide, todo eso pasó a formar parte de una secta minúscula condenada a desaparecer por completo dentro de apenas un tiempo. Hoy a la fotografía la siento más cómoda en el campo del reporte fragmentario; momentáneo, instantáneo, espontáneo. Las nuevas tecnologías cambian, y cambian en mucho, el modo en que los seres humanos nos aproximamos a esas disciplinas a las que llamamos arte. Más todavía cuando se trata de esas artes que dependen desde su propio nacimiento de algunos mecanismos tecnológicos, como la fotografía pero no sólo, también el cine o la música que conocemos desde el medioevo a esta parte.
Siempre que intenté fotografiar terminé dedicándome a los mismos objetos y a los mismos sujetos, me doy cuenta ahora. A los detalles irrelevantes, a las fachadas arquitectónicas y a las mujeres. Supe fotografiar mujeres desnudas en algún momento, el cuerpo despojado de todo disfraz, de toda eventualidad. Me costó y me costó caro, a cada modelo debía pagarle sus sesiones y al poco tiempo tuve que abandonarlo. Pero también retraté calles, ventanas, balcones, árboles. En definitiva casi todos esas formas que no revisten ninguna clase de importancia, lugares comunes, ordinarios, similares a cada uno de los que habitualmente nos persiguen a lo largo de cada día. ¿Para qué retratar, volver casi eterno, aquello que siempre estuvo y que siempre estará? No lo sé, una obsesión insana en todo caso, otra más. Lo que sí sé es que alguien como yo, un fotógrafo absolutamente frustrado por su propia incomprensión del fenómeno, frustrado por esa imposibilidad de lograr retener aquello que imaginó pero dejó escapar, nunca tuvo la fortaleza ni el interés suficiente como para pelear en contra de esa imposibilidad, hacerse fuerte combatiendo contra esa frustración. Jamás tuve voluntad, voluntad real, de transformarme en fotógrafo. Todo se resolvió siempre en una especie de juego infantil, un recreo entre otras obligaciones, un hobbie destinado a inventarme un entusiasmo para mis ratos ociosos.
Detesté siempre las fotografías familiares, las turísticas y los autorretratos. En este último caso, no sólo por saberme suficientemente feo, sino por sumar a esa fealdad la torpeza de no tener idea sobre cómo retratarla.
La mayoría de mis fotografías fueron y serán espantosas, horribles. Casi nunca sucede en lo concreto de la imagen aquello que pretendo que suceda. Desde la teoría sin embargo, la teoría que logro ensayar frente a mí mismo, modesto como todo ser humano que sabe que alcanzar la mediocridad en su caso se transforma en el máximo logro posible, lo que busco en cada fotografía es un fin convenientemente poco pretencioso para con la fotografía misma: que me ayude a escribir, solamente eso, busco un retrato que en algún momento me sirva para encontrar algo que narrar, pero que me obligue, que me fuerce a encontrar palabras para explicarlo. Todos escribimos en base a imágenes, pertenecemos a una cultura radicalmente visual. La mayoría de las tomas que intento, sin embargo, la enorme mayoría, no pueden cumplir siquiera con tan simple motivación. Se capturan y así como se capturan se olvidan, mueren, ya nadie las verá nuevamente y a nadie importarán en lo más mínimo. No obstante existe la excepcionalidad, como en todo. Hubo fotografías, pocas, que aún hoy recuerdo. Quizás no las vuelva a ver jamás, pero no importa porque las cargo de por vida en mi memoria. Las recuerdo ahora y las recordaré siempre. Es una galería mínima, dos o tres, a las que se agregan algunas de otros autores, aquellos sí fotógrafos de verdad. Como en literatura, la excepcionalidad de una fotografía siempre tiene que ver con su enfoque. Quizás por lo que muestra, quizás por lo que oculta. Pocas veces me sucedió pero me sucedió y esas pocas veces fueron suficientes. Y por eso lo recuerdo y sé que se presiente en el exacto momento del disparo, que esa fotografía que en ese instante está siendo, simplemente va a seguir siendo más allá de ese instante. Conseguirá perpetuarse. Al menos, hasta que uno logre escribirla, desarmarla, desandarla, pervertirla en un escrito. Me pasó los otros días, una imagen tonta, quizás rémora de otra fotografía: una playa en la noche, desierta como están las playas en las noches de invierno, una luz y un baño de un balneario cerrado, desolado. No más que eso, el mar que no se ve pero se intuye y un largo pasillo que quizás nunca arribe a ningún lado. Intenté encuadrar dos veces, pero en sólo una sucedió ese error y esa magia, esa síntesis inexplicable entre ese error y esa magia. Sé que voy a recordar esa fotografía hasta que pueda escribirla, hasta que pueda exorcizarla de algún modo. Ahora en cambio, ya puedo dejar de tomar fotografías por un buen tiempo, sin culpas, olvidarme de la cámara. La excepción ya sucedió, sucedió una vez y sucedió para siempre.
March 31st, 2006 at 9:31 pm
Creo que lo que pasa es que nunca entendiste la fotografía. No tiene que ver conque séa en formato digital o análogo, siempre uno está tratando de obtener un trozo de realidad y llevarselo a casa.
Claro que ahora no eliges la velocidad de la pelicula porque la cámara controla la sensibilidad del sensor, pero seamos franco, antes comprabas asa 400 para evitar problemas y de todos modos la cámara elegía obturación y apertura. No hay un ápice menos de arte, y tampoco de artesanía, pues al igual que antes, ahora uno se queda largas noches encorvado frente a la compu con el photoshop a todo lo que da decidiendo el mejor crop y que saturación de mediostonos le dá el punto perfecto a la fotografía. Igual que en el laboratorio, del cual tengo que develarte un secreto, los buenos fotógrafos normalmente mandan sus rollos con buenos laboratoristas, una especie hermética (desconocida para el resto de la humanidad, incluidos los fotógrafos amateurs) que realmente sabe que el proceso de revelado e impresión que se recomienda en el manual de la Kodack Co. es algo así como un conjunto de reglas atlamente modificables a través de las cuales se puede llegar a una fotografía, pero que disfrutan jugando con los pequeños pasos y entrepasos ocultos que hacen que de una buena fotografía una obra maestra. Ahora siguen existiendo esos alquimistas, pro tambien hay ilusionistas que hacenb lo propio con los medios digitales.
Pero bueno, tu fallo lo explica tu acercamiento a la fotografía. Un maestro (muy mamón, por cierto) decía “Si una fotografía necesita título o un pie de foto, es una mala fotografía, no se escribe acerca de la imagen, la imagen debe contar su propia historia”.
April 1st, 2006 at 6:49 am
Perrofeliz me ha ahorrado la parrafada Daniel, soy un incondicional tuyo desde hace mucho y lo sabes, pero esta vez la columpiada es grande.
¿Que cámara compraste? eso podría explicar parte de la inconsistencia de lo que dices ;-).