Eclipse de luna
A treinta y tantos años del fin de la poesía
A Wimbledon por estos dos años de cercanía.
A Bianca, la próxima Balduccio.
A todas mis ex mujeres para que no se pongan celosas
(aunque hayan sido mías durante media hora).
A Vivianne, mi actual, para que tampoco se ponga celosa
(y porque algún mérito debe tener
eso de soportarme casi todos los días).
El 20 de julio de 1969 el hombre llegaba a la luna. Se hubiera tratado de un día más, de un día cualquiera, de no existir la televisión por entonces. La novedad; aparatosa, gris pero mágica de poder ver lo que sucedía al mismo tiempo que sucedía, paradójicamente, más allá del mundo. En la luna de este mundo.
Que la luna fuera desde mucho antes la musa inspiradora de poetas por excelencia es algo que no se nos debería pasar por alto. Desde antes, desde los griegos, desde los sumerios, desde antes también, la luna es blanca magnífica, cambiante, cuarto creciente, cuarto menguante, plena de vitalidad visual, pocas cosas hay en esta vida más interesante que descubrir, de frente y sin ayuda, los cráteres mágicos en esa tierra expulsada de la tierra y a la vez condenada a no ser expulsada jamás de la órbita que el azar, el Big Bang, el yin y el yang y la naturaleza irremediable del cosmos, le asignaron en un instante de furia.
La luna es la luna. Estar en babia, en cualquier cosa, o ver más allá. Amanecer con la luna mala, histérica criaturita. La luna y los gatos, las preferencias del ermitaño que soy cuando decide recordar alguna de su cada vez más infrecuentes caminatas solitarias por las madrugadas.
Pero aquella tarde o mediodía inexplicable, no lo recuerdo, todos los que estábamos de frente al aparato (es decir, todos los que ya habíamos nacido y aún no habíamos muerto), sabíamos que en realidad nos encontrábamos frente a frente y sin aviso previo con la historia misma. Lo irrepetible, más allá que pueda repetirse cientos de veces. Lo irremediable en la vida de los hombres. La llegada del hombre a la luna no era más que un título medio torpe, medio salame; el hombre había llegado mucho antes, ya existía la astronomía y lo que es definitivamente más importante, también existía la astrología. Una serie de condenados por la posición momentánea de los astros que, no contentos con sentirse ellos condenados no hacen más que intentar convencernos a todos nosotros que estamos tan condenados como ellos. Otra vez lo irremediable, otra vez la condena a algo que no deseábamos.
En su defensa, en defensa de la luna quiero decir, digamos que está casi científicamente comprobado (científicamente comprobado como si la ciencia no fuera otra cosa que discusión) que influye de algún modo magnético sobre los mares y los océanos. Bajamar, pleamar y plenilunio conforman una trilogía tan inseparable en nuestras mentes como el padre, hijo y el espíritu santificado sea tu nombre.
Vía satélite
Ver lo que sucedía más allá, ver, estar. Viajar. El hombre llega y ¿qué hace? Planta una banderita yanqui. No se me ocurre mayor modo de profanar la luna y no se me ocurre mayor modo de profanarnos a todos. Una banderita ¿para eso tanto viaje?

El tema es que la luna, siendo como es uno de los mayores espectáculos gratuitos en esta vida, desde el origen mismo de (por supuesto) esta vida, no conoce de diferencias sociales. No conocía, debería decir. Por el contrario, por una cuestión lumínica que tiene que ver con el cielo menos agredido, suele verse mejor desde las villas, desde los poblados pequeños, desde el campo y la periferia de las grandes ciudades que desde el centro de esas mismas grandes ciudades. Es un espectáculo para todos pero que ama a los pobres, como diría cualquier estrella en decadencia del canto lírico: “yo canto para todos, pero amo a los pobres”.
En vivo y en directo
Neil Armstrong salta. Describe un raro ejercicio acrobático, no llega más, no llega más y mi tío se sirve vino y soda de un sifón oscuro que hace shhhhhhhh y me asusta. Neil Armstrong nunca tocó un instrumento musical, nunca tuvo sexo, nunca vivió excepto en este momento. Y vivirá por siempre ese momento. Será recordado aún más allá de su muerte por ser el primer boludo que hizo un viaje tan largo sólo para plantar una banderita. Se lo ve feliz debajo del casco gigante que le da forma de hongo. Se lo ve saltarín y feliz. Se lo ve, ahí está la magia. La llegada del hombre a la luna no hubiera existido jamás de no existir el televisor que lo muestre en vivo y en directo. El hombre llegó a la luna, todavía hay gente que lo discute, el hombre llegó a la luna pero si así no fuera, ni siquiera sería importante. Lo importante es que todos, en aquel mismo momento, llegamos a la televisión. El hombre todavía no construyó hoteles en la luna, pero desde aquel momento casi todos vivimos con el televisor encendido como esperando que se repita el alunizaje.
Y no. No se repite, por algo debe ser.

Comentario televidente
Cuando terminé de ver la transmisión, porque alguna vez terminó y el locutor (capaz que era Cacho Fontana pero yo tenía 4 años y me daba lo mismo) se puso a gritar que habíamos presenciado un momento his-tó-rrriii-coooo, me fui a la terraza de la casa de mi abuela a saltar. En una pierna. Saltaba y saltaba. Pero el viaje duraba poco, a pesar de ser infinitamente más atlético de lo que soy ahora y a pesar de juntar todo el coraje para mi mejor esfuerzo; enseguida volvía a llegar al suelo. Pluf, otra vez en el suelo. Decidí entonces subir la apuesta, quería saber qué se sentía caer libre, en cámara lenta. No tenía noción de gravedad porque a los cuatro años a uno nada suele parecerle suficientemente grave. Se había muerto Colita, mi primer perro, y eso era grave pero tampoco tanto; mi mamá había preferido explicarme que se había ido a pasear. La casa de mi abuela tenía una pileta en la terraza, algo bien de italiano, extrañamente no una pileta de lona sino de cemento, socavada en el techo. Sin agua porque era invierno que tendría un metro y medio de altura, no más. Y ahí fui y salté, intenté mi propio aterrizaje. No me rompí nada porque caí de culo y demasiado rápido como para disfrutarlo. Al mismo tiempo caí en la cuenta que por más en vivo y en directo que sea, la realidad nunca es como la pinta la televisión.
Apolo XI
Siempre me pareció curiosa la elección del nombre que quedaría inmortalizado en los libros de historia. ¿En qué pensó la NASA en aquel momento? En Apolo, dios entre todos los dioses, hijo de Zeus y Leta, la diosa violada. Amo y señor de la noche, de la masculinidad, Febo para los romanos, de allí efebo para referirse a lo apolíneo, a lo sagradamente masculino recordando que lo masculino, para los griegos, también tenía mucho que ver con los placeres que se recibían desde atrás. Como siempre la NASA pensó mal y demostró una vez más que lo único que no sabe, precisamente, es pensar.
La luna para occidente es mujer. Para el mundo musulmán es otra cosa, relacionada con la sabiduría de Alá y de allí que la media luna aparezca en casi todas las banderas de estados observantes pero ése es otro discurso que poco tiene que hacer en este asunto; por entonces el mundo musulmán importaba muy poco tan preocupados como estaban armándose contra los rusos. Entonces digamos, que para nosotros la luna es mujer y no sólo lo es por oposición al sol, también lo es en el universo de lo simbólico como enigma de la nocturnidad, de la prostitución, de lo sacerdotal, de lo femenino en estado puro. Lo que ilumina nuestras noches, la sutileza del claroscuro. Pero hay más, la mención a las fuerzas magnéticas que influyen sobre nuestras aguas. Pero hay más; cada veintiocho días el cuerpo femenino se desangra y veintiocho días dura un exacto mes lunar. La luna entonces, en nuestra remilgada imaginación de occidentales decrépitos, es toda una mujer. La más bella, la peor de todas, la más virginal. De allí tanta inquietud poética en su nombre, inalcanzable para la mano del hombre; enigmática, distante, cíclica, lunática, imposible de penetrar.
Allí fue entonces nuestro Apolo, el número 11 de nuestros intentos, esta vez lo iba a lograr; mancillar de una vez y para siempre el nombre mismo de nuestra poesía. ¿Y que hizo nuestro apolíneo Armstrong cuando terminó de caer, caer, caer, caer, caer?
Plantar la banderita, no se le ocurrió mejor idea.
Caída libre
La luna es periférica; va a seguir estando allá, demasiado lejos de New York.

Linkografía:
7 Responses to Eclipse de luna
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“El hombre llegó a la luna, todavía hay gente que lo discute, el hombre llegó a la luna pero si así no fuera, ni siquiera sería importante. Lo importante es que todos, en aquel mismo momento, llegamos a la televisión.”
Esta es para mí, la frase fuerte, el doblez, Daniel.
El Viaje a la Luna, la Luna misma, siempre fue la Ficción. Leopardi, menciona en uno de sus bellos diálogos, que en ella encallaban los suspiros de los amantes, las cosas etéreas, los intangibles. Y la Ficción, tal como se encontraba retratada a través de la TV, quedó tocada por lo Real: una banderita yankie. Y para continuar destrazando tu pensamiento, lo Real irradió y tomó la TV. Todo lo Real, está ahora en ella contenida: Reality Show. Afuera, nosotros: ficciones, especulaciones mirando, ansiando ser tan reales como Tom Cruise o como Nicole Kidman: ansiando la vida verdadera.
La secuencia de fotos es muy bella, también. Y parece temblar de realidad. ¿Está tan mal pensar que esa lágrima blanca en el cielo, no puede ser este arenero gris, de juguetes olvidados, de silenciosa eternidad?
Saludos.-
Excelente post. Buenísimo el comentario. No sé qué más decir.
Hernán te voy a decir la verdad; este texto está incompleto. Y está incompleto porque hoy a la mañana, cuando lo estaba escribiendo me vino a buscar la realidad a mi casa y ya parece que se estuviera haciendo costumbre. Y el texto tuvo que ir así nomás, incompleto porque era esto o nada. Es interesante eso que decís que la realidad sólo es lo que sucede en la televisión, el resto parecería ficción. Es interesante pero no es nuevo, en tu blog escribís sobre surrealismo, un fenómeno similar ya lo planteó Artaud en el teatro y su doble. Por supuesto que para el momento no existía la televisión pero para leerlo a Artaud hay que aprender a no empantanarse en las menudencias. Ciertas veces alguna representación de la realidad adquiere una entidad, una densidad, que supera a la de la misma realidad que dice representar. Es un fenómeno normal que aparentemente se va a dar muchas veces a lo largo de la historia. Con la llegada del hombre a la luna también pasó eso: se confundió representación y realidad de un modo hasta ahí nunca visto, gracias al vivo y en directo que además, se estrenó justamente ahí. Los escépticos tienen razón en una única cosa; de no ser por la televisión, el alunizaje no hubiera existido. Y mi sospecha es, y esto es lo que no pude explicar, que de no ser por el alunizaje, la televisión jamás hubiera existido. Un proceso y el otro, dependieron tanto uno del otro que por separados, ninguno de los dos hubiera logrado algún sentido.
Otra vez será, saludos.
Lo único y simple que tengo para decirte, es gracias de parte de Bianca.
Y más gracias de mi parte, de Rosana y de Enzo.
No importa si el hombre llegó a la luna. Lo único importante es esa bandera flameando donde no existe el viento. Sin embargo, repito, si el hombre llegó a la luna o no, me chupa un huevo. Yo supongo que sí llegó, aún con la bandera flameando. Es que la bandera yanki flamea siempre. Es esa águila guerrera con la que nos llenaron la cabeza desde chicos. “Audaz se eleva en un vuelo triunfal”. Nunca ví ni escuché un texto tan facho, ni siquiera en la paranoide “Mi Lucha”. Ese es el símbolo, la bandera yanki en el medio de la nada. Es ése (gracias paula). El resto no importa, es sólo una metáfora triste de la realidad. La bandera yanki flameando en la luna. Bianca está llegando, y con ella miles de años de humanidad en sus frágiles espaldas. Espero poder trasmitirle que nadie tiene que trasmitirle ninguna ideología, o que no se quede con el primer pedazo de pan que le llegue a la mano. Sólo eso espero y valga la paradoja. Un abrazo, y gracias de nuevo.
Excelente post
En 1969 la TV ya hacía unos cuantos años que era un espectáculo, a partir del alunizaje se recibió de realidad misma. El banderazo ese es de una potencia simbólica desmoronadora. Un mensaje alevoso de clausura de las ilusiones sesenteras, para soñadores y poetas una indicación: “Propiedad Privada – No pasar”.
Bueno, si el alunizaje hubiera sido en los 90 en vez de bandera hubieran puesto un Mc Donalds.
Tino Hargén
Daniel: a pesar que no hay prácticamente cosas nuevas que decir, o que la realidad nos cerca en la incompletitud, me parece bueno el repaso, que es como la relectura. Ayuda a la gimnasia del pensar. Tal vez en algún momento, al estar entrenado, alguna idea veloz y apenas entrevista pueda ser capturada. Pero descubro, a través de tu comentario, que hay una ventaja en el blog con respecto a la incompletitud: tiende a completarse con los Comments, con el reload: el margen de los libros se ensancha. Pero a su vez, ahora advierto, al ver como me fuí por las ramas, uno deriva y se deslinda en cualquier dirección; y tal vez, esto no sea tan ventajoso, ¿no?
Un saludo a todo el equipo Kapput, al que tengo linkeado entre mis preferidos.
Mirá Hernán, te voy a contar algo de la cocina de Kaputt: la primer idea fue la de no tener comments, curiosamente después todos nos olvidamos del asunto y los comments aparecieron. La verdad es que difícilmente sobreviviríamos sin comments, al fin de cuentas es lo único que diferencia al blog o a la literatura en Internet, de la literatura en cualquier otro soporte. La realidad no permite ramificaciones o sí, pero las condena. Irse por las ramas es casi un insulto para con cualquiera que ensaye una aproximación analítica a la realidad; pensá en un economista o en un científico o en un político. Sin embargo, para la literatura no me parece que sea lo mismo. Por el contrario, una escritura que no permite la ramificación y una lectura que no se permite quedarse a vivir en una rama, no me parecen del todo serias. No existe el todo, existen una serie de ramas que uno tiene que trepar si es que pretende llegar a algún lado. Como los monitos que seguimos siendo, la banana siempre nos queda más arriba. Y es verdad que los comentarios completan lo escrito y muchas veces lo hacen de un modo injusto: gran parte de lo mejor que se escribe y que se lee en Internet, queda sin comentarios. Y gran parte de lo peor, no.
Gracias a todos los comentarios elogiosos. Alguna vez, prometo, voy a merecerlos.