Consideraciones climatológicas
Posted by Daniel Massei on October 29th, 2005 filed in Naturaliael pronóstico del tiempo
de la radio decía:
“Excelente día para leer,
le recomendamos
Otoño en Pekín
de Boris Vian”
Desde hace semanas me quedé con ganas de escribir sobre el calor. Menos por lo inevitable de la meteorología que por alguna que otra imagen que el sudor, esta suerte de tributo desinteresado a la supervivencia de nuestra especie, quedó sedimentando en mi memoria desde chico.
Recuerdo que me tiraba en la mayólica de la casa de mi madre, a leer el diario. El piso era fresco, me tiraba ahí, era horrible. Me refiero a la mayólica: bien años sesenta, ningún glamour, hecho con un rejunte de piedras y recortes de mosaicos, azulejos y otras mayólicas, algo que sólo mi madre podía creer bello y lo enceraba casi todos los días. Me tiraba ahí, recuerdo, con el Clarín o la Siete Días o los Lo sé todo, y leía.
Una vez llegaron ciertos vecinos molestos con la idea de constatar si el disparate que se rumoreaba en el barrio sobre el hijo único de los tanos, eso que antes de los cinco años ya leía, tenía alguna posibilidad de ser cierto. Con los años me enteré que ellos debían decidir mi internación en uno de esos colegios pensados para malograr cualquier talento precoz. Sospechaban que me dedicaba solamente a mirar las fotografías y los dibujos, y para comprobarlo decidieron hacerme preguntas sobre lo que decía acá o allá.
- ¿Dónde?
-Acá.
En algún momento me cansé de contestarles, no entendía por qué si querían saberlo no eran capaces de leerlo ellos, y comencé a responderles con cualquier invento. Se fueron tranquilos, el pibe no lee, se dijeron, sólo inventa: es normal. Hacía calor, el calor de enero en Buenos Aires o quizás diciembre o quizás febrero, aquel calor y aquella humedad que todo lo complica. No sé porqué sentí la afirmación de normalidad como si fuera libertad pura ¡era normal! No me esperaba un destino demasiado distinto al de mi padre que se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana ¡qué contento me ponía! Me tiré a descansar y para descansar, seguí leyendo.
Y era cierto que leía, pero como buen lector, sólo leía para mí.
Desde entonces, me persigue cierto pudor relacionado con mis lecturas, como algo que debiera ser ocultado. Una perversión que en caso de descubrirse, jamás permitiría que se me vuelva a confundir con un ser humano absolutamente normal.
La culpa siempre es de mamá
En su descargo puede decirse que yo fui su primer y único hijo, no tenía experiencia y cuando la tuvo (ensayo, error se llama eso ¿o no?) decidió que lo mejor era dedicarse a otra cosa un poco más gratificante que andar trayendo nuevos clientes a este mundo injusto. A los tres años me compró el primer libro, tres años. Un libro de cuentos, casi seguramente, alguna porquería. Dice que no sabía que a los tres años cualquiera que conozca mínimamente el tema desaconseja enérgicamente toda aproximación a la lectura, dice que de haberlo sabido hubiera preferido comprarme un sonajero y cargar para siempre con la culpa de haberme iniciado en la música, su verdadero sueño. De cualquier modo lo intentó: me mandaba a estudiar guitarra a los cuatro años, yo tengo unos ojos negros ¿quién me los quiere comprar? Y yo me rebelé y le revelé rápido que jamás iba a ser músico aunque me siguieran obligando a dibujar soles solferinos o algo así; do, re, mi fa, soles solferinos y menos mal que lo entendió porque casi me compro un fal y pobrecita mi profesora de guitarra.
Ella dice que todo resultó así simplemente porque se encontró frente a un problema que no supo resolver de algún otro modo: sus propias limitaciones en tanto lectora. Descubrió ahí que detestaba oírse leer en voz alta. Mamá contame un cuento, dejá de romper danielito. Entonces, una vez identificado el problema, expeditiva como era por aquellos años en los que todavía se vestía de joven, prefirió ponerse a enseñar: esta es la a ¿ves? Aaaaa, esta es la b Beeee ahora leete solo que mamá tiene otras cosas que hacer.
Mandato jodido si los hay y yo, aquella última vez en que le iba a hacer caso, me puse a leer.
¿Qué tiene que ver el calor?
No tengo idea. No tengo motivos para sospechar que el calor tenga algo que ver con el hábito de la lectura pero, y esto es lo que me importa, tampoco tengo motivos para sospechar lo contrario.
En alguno de aquellos momentos debe haber sucedido que en cualquiera de los doce tomos del Lo sé todo, me debo haber tropezado con algún capítulo que enciclopedizaba sobre el frío como el clima ideal para toda actividad que se precie de intelectual. O a lo mejor fue en Clarín o a lo mejor en la Siete Días, a la distancia me parece lo mismo. Tratando de reconstruir el desconcierto de aquel momento me imagino leyendo sobre la razón última, la motivación motora que hizo de Noruega el paraíso de tanto Nobel repartido. Desde entonces además, secretamente como se soportan las verdaderas condenas de esta vida, vengo soportando la mía: jamás voy a llegar a nada simplemente porque no soporto el frío y porque no soporto el calor, nací para las medianías: el otoño, la primavera, el tránsito desde un clima hacia el otro. El problema es que, al igual que le sucedía a mi mamá, arribar a la estación terminal no me acarrea más que problemas: tampoco me gusta mi voz cuando leo en voz alta. No soy yo, no soy nadie que yo conozca, cuando llega el calor o el frío. La vida es esperanza pero la esperanza es siempre vana: lo que hoy nos tortura, quizás desaparezca mañana. Pero el problema es que en cualquier caso, también llegará el pasado mañana y todo vuelve. Ningún agobio desaparece para siempre, sólo se agazapa esperando la próxima oportunidad para cagarnos la vida.
El clima
El problema, verdadero, real, palpable, constatable, es que el lector llega a lo que llega por sus propios caminos. Y que esos caminos son absolutamente irreproducibles: Sebald no es el mismo cuando lo leo yo que cuando lo lee usted. Estrategia frente a esto: hablarle sobre lo que al lector tiene mayores posibilidades de interesarle. Algo así sería el periodismo, por algo la mayoría de los lectores de periódicos en todo el mundo compran el periódico de su propia ciudad, porque les habla de lo mismo que ven todos los días, lo que sucede en las mismas calles que transitan todos los días. Lo que podrían ver, pero que por alguna razón medianamente estúpida (la falta de tiempo, por ejemplo), prefieren leer. Frente a esta estrategia yo me encuentro perdido: estoy acá, muriendo de frío en el mismo momento en que la mayoría de ustedes (no todos, eso vuelve a Internet realmente fascinante) viven el día más caluroso de su propio año. Desde ahí ¿cómo convencer a un lector que lea algo sobre el frío cuándo tiene calor? Es algo para lo que sólo la literatura tiene respuesta: inventando de nuevo al calor, obligándome yo a respirar el mismo aire viciado que respiran ustedes. Apelando a su memoria, también; caprichosa, arbitraria y demás, y además encomendándonos a los dioses de la pluma. Algo que a mí, ya está dicho, me tiene bastante sin cuidado: hace mucho que los dioses de la pluma no contestan ninguna de mis cartas. O dicho en criollo; váyase si quiere, deje de leer una buena vez, déjeme solo y sólo con mi temperatura ambiente, que tengo un cuentito que inventarme.
Sicilia
Piense usted, recuerde si fuera el caso, que en este mismo momento existe sobre la tierra una isla que se llama Sicilia (léase: si-chi-lia, seamos respetuosos con las lenguas ajenas). En esa isla, en este mismo momento, insisto, hace calor. Mucho. Y en esa misma isla, repleta de playas extraordinarias, de árboles frutales, de colinas, de pueblitos pequeños y antiquísimos con calles serpenteantes, casi todas las casas tienen un balcón. Y a esta hora, a la hora en que estoy escribiendo esto, cuando empieza a atardecer aquí, en cada uno de esos balcones hay una mujer que sale a enfrentar el calor; a tomar aire, a intentar combatir el sudor, el agobio. La mayoría de ellas son ancianas vestidas de negro, ya viudas, que no tienen nada mejor que hacer que ver pasar a lo poco que queda de sus pueblos por debajo de sus pies. Pero no todas, y aquí está el verdadero milagro, no todas, créame, no todas. En cada uno de esos pueblitos perdidos entre naranjeros, no sólo quedan habitantes que inexplicablemente se resisten a poblar las ciudades grandes, también quedan sicilianas, una naranja distinta del mismo naranjero. ¿Usted no sabe lo que es una siciliana? Se lo explico yo: morochas morochas de toda morochez, con un par de senos que le hacen temblar la mirada, no siempre altas y no siempre bajas, de cabellos largos y ensortijados, de mirada intolerable, de piernas interminables y ancas de bestia mitológica. Llevan un maldito crucifijo ahí, como queriendo espantar vampiros, ahí justo ahí, donde el único vampiro posible venimos a ser nosotros. Sinceramente le digo esto, yo estaría dispuesto a matar al presidente que sea por la sola promesa arrancar ese crucifijo que me espanta.
Que nadie piense en il postino por favor, piensen mejor en sus vecinitas cuando media hora después de cumplir los trece infartaban al barrio con caminar venenoso y que medio día después de cumplir los catorce alguno del barrio más valiente ya la había embarazado en un instante fatal, en que el padre se había entretenido mirando un partido de solteros contra casados.
El verdadero milagro siciliano no son sus playas, no son sus naranjas color sangre (todo en Sicilia lleva el color de la sangre, todo, hasta las naranjas), no son los habitantes de sus pueblitos perdidos en la nada; el verdadero milagro son sus sicilianas. Que no todas se hayan transformado en estrellas de la televisión o el cine (de la tragedia moderna en cualquier caso), y sobre todo: que aún estén allí, esperando por mí, esperando por todos nosotros.
Como una tragedia que llegará de cualquier modo y de cualquier modo será inexplicable, porque así son las tragedias. Fatales, inexplicables y siempre, del mismo color que la sangre.
Ahora bien, alguien un tanto perezoso para dejarse llevar, me dirá: Massei para vos es fácil, vos estás más cerca. Es verdad que estoy más cerca pero quizás sea hora que les explique que no conozco Sicilia. Nunca fui. Jamás. ¿Qué quiere decir esto? Que a pesar de llevar treinta y cinco años largos como lector, aún sufro de un temor que me paraliza frente a determinados libros. Un miedo reverencial que me impide no solamente abrirlos; hasta espiarlos, hasta manipularlos me impide. Atreverme con sus solapas, con sus prólogos y hasta sus contratapas. Ya ni hablar de atacar con la lectura de salvaje desesperado a la que estoy acostumbrado. Algo, alguna cuestión mínima pero irreductiblemente fatal, sigue evitando que junte el mínimo coraje que se necesita para emprender el viaje, que es un viaje cualquiera y algo me sigue diciendo al oído que de hacerlo, jamás en todo lo que dure su después irremediable, podré volver a ser considerado un ser humano absolutamente normal.
Y temo, es verdad, todavía temo. Todavía les temo, hasta ahí llega mi condena.