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Interior

Si algo salta a la vista en un primer momento, es la degradación de una ciudad: Buenos Aires. Pero, a diferencia de Buenos Aires, aquí, en Necochea una ciudad grande para los cánones de la Argentina –cánones sólo posibles en un país despoblado- la sensación no se extiende, no sucede lo mismo. A Necochea la veo y la siento igual que la última vez que estuve aquí antes de irme. Hay una explicación entonces, que pierde todo sentido; no se trata de confrontar mi recuerdo que, como todo recuerdo, pareciera trazado en piedra, un retrato inmóvil de imágenes que quizás jamás hayan sucedido y simplemente me las haya inventado, dibujado gracias a la lejanía.

Hoy llueve y Necochea está en el interior, a 520 Km de la plaza de los dos Congresos. Hay quien me cuenta sobre Tandil, una ciudad que a diferencia de ésta no tiene mar, no bordea al Atlántico. Tandil, me dicen, es la ciudad que más creció en los últimos años. Hay gente, familias jóvenes mayormente, que abandonaron Buenos Aires buscando un sitio más cómodo, más “controlado”, un sitio donde sufrir menos las variables del ajuste perpetuo y la criminalidad en pie de guerra, Tandil. ¿Qué recuerdo de Tandil? Nada. Que es una ciudad medio rara, con sierras en el medio de la llanura, sierras con nombres extraños, un tanto estúpidos si se quiere: una que se llama de los padres y otra que se llama de la ventana y que además, supo tener a una piedra a la que llamaron movediza porque se movía, y que se movió y se movió hasta que en algún momento a alguien se le debe haber caído encima. Y desde entonces, cada intendente de Tandil debe prometer en sus campañas electorales consultar al ingeniero Fulano o Mengano para reconstruirla. Que consulten al arquitecto Calatrava, digo yo, que le gustan esas cosas. Puentes con formas raras, formas de mujer que sólo el arquitecto ve, que sólo el ojo iniciado entiende. Tandil es hoy, me siguen explicando, un sitio de turismo enogastronómico. Se va a la ciudad a beber buenos vinos y a mí no se me ocurre mejor motivo para visitar una ciudad. Además, como obsequio al viajante, se pueden comprar salames de campo, longanizas calabresas y esa clase de embutido milagroso que antes sólo se vendía en Córdoba. Además hay buenos restaurantes, a imagen y semejanza de un país que cambia. El interior se reconstruye, al menos el interior de la provincia de Buenos Aires.

Interior de qué cosa, sería la pregunta. Interior remite a lo interno, a lo oculto pero también a lo esencial, al elemento primogénito, a la materia íntima. En un país con una capital monstruosa, Buenos Aires, la capital se vuelve agigantadamente cada vez más monstruosa. Aquí, la gente vive mejor y eso se nota en todos lados pero básicamente en la calle. No existe ni la presión, ni el grado de paranoia que se puede presentir o palpar en cualquier barrio porteño. No existe el gran Buenos Aires transformado en una demostración de la fatalidad final de la desocupación y la miseria. Hay barrios bajos por supuesto, y son bajos porque están construidos sobre terrenos bajos e inundables y porque sus ingresos siguen siendo bajos (o bajísimos) pero aún en esos barrios quedó viviendo solamente la gente que pudo resistir, que tuvo para alimentarse también en los peores momentos y que por lo tanto pudo esquivar la necesidad de iniciar el viaje de difícil retorno hacia una ciudad enorme que ni los necesita ni los hospeda con amabilidad alguna. Nadie en su sano juicio debería cambiar Necochea por Merlo Gómez o por cualquier otro rincón de la periferia más extrema. Nadie en su sano juicio, pero si algo tiene la pobreza es que la primer característica que cede a la desesperación, que se resquebraja frente a la desperación, es el juicio. La capacidad de juzgar, de evaluar. Ningún desesperado será reconocido jamás como un ser humano juicioso, esto se me ocurre como una certeza sumamente difícil de desmentir.

No estuve en Tandil, por lo menos no aún. No me interesa descubrir qué tan verosímil o tan artificiosa puede resultar una ciudad que se reinventa a sí misma en la mitad de su historia. Si tiene buenos restaurantes y tiene buenos vinos y yo tengo alguien que me invite a esos buenos restaurantes y esté dispuesto a pagar por los buenos vinos, entonces para mí puede decirse que está todo suficientemente bien sin más ánimo de jamás complicarme ninguna buena mesa. Y sin embargo y aún aceptando de primera mano que existe y existió un flujo migratorio distinto (en sentido y en destino) que aquel que a mí me llevó hasta Italia, hay algo que se me ocurre natural; los nuevos tandilenses son tan porteños como yo. Y huyen de una ciudad que los repele del mismo modo que los atrae y que se llama Buenos Aires. Y entonces sé que en Tandil, en Necochea, en Córdoba o en donde sea, seguirán viviendo con la mirada perdida en un puerto que ya no es de carga, que ya no es puerto, en una ciudad enorme de paredes despintadas que se llama Buenos Aires. Una Buenos Aires que se sueña a sí misma turística pero exclusiva para el turismo europeo y que se esfuerza en rediseñar al Tango y a una mística medio tarada destinada sólo a convencer al turistaje alemán o italiano.

La Buenos Aires de verdad ni camina ni cena en Puerto Madero, ni llena las milongas de Barracas.

Exterior

Matilde Sánchez comienza su libro La canción de las ciudades con un frase que me dejó pensando, dice: “Somos los únicos que viajan a Europa” refiriéndose a los argentinos y poniendo la frase en boca de un personaje. Nunca lo había pensado pero tiene razón. Cuando viajé hacia Buenos Aires fue hacia Buenos Aires y el viaje comenzó en el mostrador de Aerolíneas Argentinas en el aeropuerto de Fiumicino. Hice la cola y por primera vez me sentí rodeado de argentinos; el destino era Buenos Aires. Pero es cierto que cada vez que el viaje tuvo el sentido inverso fue hacia Europa, hacia al continente. Excepto, quizá, la última vez: allí sabía que viajaba hacia Italia, a un destino cierto, a un lugar, a un país. No una ciudad porque todavía no tenía idea dónde iba a terminar por acomodarme y aún hoy, a dos años de haber llegado, todavía continúo sin tener mucha idea y ésa es una ley natural para todo inmigrante: el viaje largo ya se hizo, cualquier otro va a resultar menos incómodo. Pero cuando pensaba en regresar, sin embargo, era regresar a una ciudad. Una ciudad que estando afuera se entiende como única. Tengo que decir que, porteño como soy, cuando pienso en Argentina estando en Italia sólo pienso en Buenos Aires. No puedo evitarlo, no es algo que maneje con alguna consciencia. Sólo pienso en Buenos Aires.

En Italia, se sabe, hay una buena cantidad de argentinos viviendo por allá. Básicamente porteños, rosarinos y cordobeses. Me llama la atención que cuando se conoce a un cordobés, lo primero que aclara es su proveniencia: Córdoba Capital dicen, como si se tratara de una única palabra. ¿Cuál será la diferencia de ser originario de Córdoba Capital o serlo de San Marcos Sierra o Río Tercero? No tengo respuesta. Los argentinos solemos tener nuestra propia idea de centro y periferia grabada a fuego sobre nuestra vergüenza. Desde aquí, desde el interior, se vive observando a Buenos Aires. Pero desde el exterior también se vive observando a Buenos Aires. ¿Y desde Buenos Aires qué? Desde Buenos Aires se observa a Europa. Esa Europa a la que jamás podrá pertenecer Buenos Aires y a la que, a juzgar por la Buenos Aires que se ve, cada vez pertenece menos. Cada vez está más lejos aunque se inventen el turismo y la filmación de cortos publicitarios como método para estar más cerca de aquel mundo que tanto añoran.

El problema es la propia imagen que Buenos Aires tiene de sí misma, allí es donde existe un error inmanejable. Buenos Aires no se observa a sí misma, no registra sus propios reflejos. Buenos Aires apenas si se sueña. Se sueña desde su periferia y se sueña desde su exterior, de un modo u otro se sueña siempre. Buenos Aires no es más que la voluntad desquiciada de aquel que fue expulsado aunque se haya quedado viviendo dentro. Buenos Aires no tiene nada de real.

Buenos Aires es eso que soñás cada vez que soñás ¿entendés?

Y los sueños, sueños son ¿entendés?

 

3 Responses to Buenos Aires

  1. Tino Hargén says:

    Me acordé de una charla de un abogado porteño hace unos años en San Nicolás ( Pcia BS As), sorprendido de observar la dinámica de una ciduad de ese tamaño que él ignoraba “es que un porteño se siente más vecino y cercano de Madrid, Barcelona París, San Pablo o Milán, que de San Nicolás, Necochea o Pergamino”. Tal vez el ciudadano de una metrópoli posea un status perceptivo producto de una cultura tan intensamente sufrida que lo lleva a referenciar por reflejo inmediato a toda otra realidad urbana como igualmente metrópolitana.

    Lo de ir a “Europa” como lugar ( locus ) es tal cual, España, Francia o Italia vienen a ser barrios de una metrópoli llamada Europa.

  2. Gusnielsen says:

    ¿Cuándo volvés, man?

  3. werte says:

    Tandil, además, los sábados a la noche se parece a una versión punk, sacada, de La Plata. En Tandil hay una Universidad, y una estudiantina fiestera bastante zarpada. Mucha merca, mucho futuro veterinario dado vuelta, o en pedo. También, junto con Tres Arroyos, tiene una de las mejores tierras de la pcia. (tierra de “engorde”). Y también ha sido asineto típico de la gran burguesía que en los 90 vendió sus empresas y compró campo. Deriva, para citar el caso sintomal, de Blanco Villegas, “el jefe” de los industriales argentinos durante los 90s. Ahí está, engordando vaquitas.
    Y Buenos Aires es como decís. Para el que vive acá no existe como totalidad. Mi Buenos Aires es mi diminuto mapa existencial. Acaso una gran ciudad sólo pueda ser evocada a la distancia.

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