Anotaciones al margen
Posted by Daniel Massei on February 23rd, 2006 filed in Artificialiamirando la historia como si fuera nueva
como si no se repitiera hasta el aburrimiento.
Margen
Internet y su rosario inacabable de problemas, caídas, virus y promesas incumplidas. Me pregunto si la revolución industrial no fue demasiado parecida a esto que vivimos todos los días, me pregunto si no hubo idiotas que corrían felices abandonando sus granjas para ir a trabajar a las fábricas. Perdieron la potestad sobre sus siembras sin darse cuenta, dejaron de ver como crecían los tomates, como parían las vacas para ir a trabajar parados en la línea de producción de una metalúrgica. Ellos creían que ser obreros los acercaba a la felicidad, cuando conocieron la verdad, seguramente ya era tarde. Habían cambiado para siempre el horizonte extenso de las llanuras por los rincones sucios de un galpón.
Margen
La altura y la fascinación que ejerce sobre nosotros, animales que por algo no sabemos volar. En los años setenta, las constructoras descubrieron el negocio de construir hacia arriba. Millones de pequeños burgueses vendían sus chalets de dos plantas con pileta para comprar una pajarera en un piso veinticinco. Yo estuve alto, sé que se siente, es Dios el que mira por la ventana, no soy yo, no sos vos, en un piso treinta cualquiera es inmortal, inmortal hasta que cae. Las ciudades se llenaron de edificios altísimos, carísimos y sin embargo de construcción barata. Especulación inmobiliaria pura, cientos de personas compran el mismo lote: ¿dónde vivís? Noveno, sesenta y dos. Recién en los años setenta se supo lo que era oír coger a un vecino. Las ciudades concentraron población, la tierra aumentó de valor y como efecto paralelo generó periferias hartas de miseria.
Margen
En la década del treinta, la definitiva popularización del automóvil entusiasmó a casi todo el mundo. Veían en esas máquinas el símbolo de los años que vendrían y en verdad, no se equivocaron. El automóvil conquistó las capas medias acomodadas cuando se convirtió en símbolo de estatus. Hay que aclarar algo: no eran demasiado más veloces que las carretas y sin embargo, costaban diez veces más. La década del treinta es recordada como la época de la gran depresión en los Estados Unidos pero, no obstante, fueron los años que generaron los imperios automovilísticos. La Ford se edificó desde ahí, la Chrysler. La crisis de aquellos años las favoreció bajando el valor de su mano de obra lo que le permitió abaratar el costo final de cada vehículo apostando a la expansión y estuvo lejos de ser una política errada. A finales de los años treinta, no había familia de clase media profesional o comerciante que no tuviera su propio automóvil en los Estados Unidos. En los años más duros para la economía norteamericana, el automóvil se había impuesto, no por sus prestaciones sino como símbolo de distinción. Esa distinción que tenía que ver con demostrarse distintos a la realidad de la miseria que los rodeaba y que de algún modo, también generaban esas mismas empresas.
Margen
Hace algo así como dieciséis o diecisiete años atrás, quizás más, realmente me cuesta recordarlo, me compraba mi primera computadora. Era una XT y tenía la rareza para el momento, de poseer un monitor de dieciséis colores. No sabía siquiera conectar sus cables pero me la llevé a casa y lo intenté a pura deducción. Cuando la encendí supe, quizás lo sabía desde antes, que se había terminado mi relación con la máquina de escribir. Corría bajo DOS y poco a poco fui aprendiendo solo, leyendo manuales imposibles, aquellos comandos que necesitaba. Fue una fascinación adictiva. Siempre fue adictiva, no es de ahora. Ahora es Internet pero la máquina aún sola, aún aislada se me convirtió en un elemento imprescindible. Diez días después de haber comprado aquella PC, ya no podía escribir sino era a través del WordStar, ya estaba incapacitado para mi máquina portátil marca Olivetti y la incomodidad de volver a escribir mil veces la misma hoja como único sistema para corregir. Había resignado la imagen que tenía sobre un escritor, aún a costa de ya no querer serlo, aunque sea a costa de preferir ser un simple operador.
Margen
Es mentira que la mayoría de los presos sueñan con la libertad. Son pocos los que se animan a eso y si uno les pregunta afirman temer al día en que la ley los obligue a salir. Suena triste al decirlo, pero prefieren quedarse presos. Y tienen razón.
Margen
Yo no soy tan simétrica, me dijo.
Después de eso no escuché nada más y automáticamente me dediqué a observar su rostro buscando asimetrías. Es curioso, pero los rostros de las personas sólo son simétricos cuando se los mira desde lejos. Por eso es que de cerca todos somos más feos. Cuando se nos conoce, se acaba toda magia, toda impostación. El detalle acaba con cualquier mística. Lo saben las estrellas de cine que por algo dan pocos reportajes y cuando los dan, se sientan a tres metros de su interlocutor y cuidadosamente seleccionan su perfil para ser retratados.
Pero el mundo es así, pensé más tarde. La vida. Lo simétrico tiene que ver con lo construido, con lo arquitectural, lo proyectado, lo dibujado, lo realizado, lo edificado y aún así, los mejores arquitectos hoy ya están en otra cosa. Ahora, van en busca de extrañas asimetrías, para ver si logran de una vez que el cemento deje de ser cemento y tenga un poco de vida, un poco de paisaje y algo de juego con las formas.
Lo simétrico existe como un sueño lejano, una ilusión de la distancia, un preconcepto del desconocimiento.
Lo asimétrico, en cambio, es el saber, la cercanía, la imagen no modelada, sus defectos, la realidad más última, más íntima del rostro ajeno, el paisaje de la compañía.
Las camas sólo son simétricas cuando están vacías, pero ahí nadie sueña y nadie tiene sexo. Y eso ya sería suficiente motivo como para declararse radical y enfermizamente enamorado de las asimetrías imperfectas y absurdamente enemigo de cualquier simétrica distancia.