Algunas cuestiones menores

Posted by Daniel Massei on November 24th, 2005 filed in Naturalia

Conducir en Italia es realmente muy difícil. A contramano de lo primero que puede pensarse, no es el tránsito ni la cantidad de vehículos ni el famoso desorden italiano lo que complica todo y lo complica tanto. Tardé meses en entender que en los semáforos está permitido girar hacia la izquierda, miren qué tontería. En Argentina uno sabe que está prohibido, internaliza la idea que para girar a la izquierda se debe hacerlo cien metros antes o cien metros después. Excepto donde existe el semáforo de giro, el semáforo con flechas que autoriza la excepción. Y la excepción no es más que eso, una excepción destinada a confirmar una regla y por lo tanto la regla existe: está prohibido girar a la izquierda en un semáforo ¿entendiste? Ahora recordalo y recordalo para siempre. Se dobla cien metros antes o cien después, una cuadra y llegás al mismo sitio. Bueno, por empezar en Italia no existen las cuadras. El trazado cuadrado es un invento del urbanismo español, no hay nada que hacerle. Si uno dobla antes o después, termina definitivamente en algún otro lado. Sin dudas se trata de un asunto menor, muy menor. Quizás Milano y Torino sean distintas, con un trazado similar en el sentido que puede verse un mapa y entenderse de modo racional. En el mapa, porque después tienen plazoletas y calles circulares que también complican todo, caso contrario no se llamaría Italia y se llamaría Suiza, por ejemplo, lo que desean tantos de sus habitantes. Será que las calles en Italia fueron trazadas por donde se pudo, por donde lo permitieron las montañas y las colinas que estaban desde antes pero también por donde lo permitieron las casas y los lotes que también estaban desde antes. Y las iglesias que estuvieron desde siempre. Hay muchas calles que modifican bruscamente su recorrido porque de no hacerlo, hubieran asfaltado hasta las sotanas de algún cura. Es infinita la cantidad de iglesias, y también es infinita la cantidad de iglesias que se encuentran emplazadas en el exacto sitio por donde debería pasar una avenida.

Reconozco que es una cuestión menor, lo sé. Al fin de cuentas, después de algunos meses y unos cuantos extravíos, se termina comprendiendo que donde antes existió una prohibición ahora existe un permiso y, nada, se gira a la izquierda en los semáforos. Sin problemas, no se cae el mundo. Se trata sólo de estar atento y no llevarse puesto a alguno que viene en sentido contrario con toda la voluntad puesta en continuar derecho. Sin embargo, reconocer que hay cuestiones menores en las que uno se extravía durante varios meses, paradójicamente, no me parece algo del todo menor.

Que hay cuestiones mayores y cuestiones menores, es innegable. Lo que me resulta curioso es que las cuestiones menores, esas mismas que habitualmente no pensamos sino que simplemente aceptamos, están repletas de prohibiciones: no se puede girar a la izquierda en un semáforo, no se puede comer en un baño, no está bien dedicarse a la masturbación en un restorán, son muchos los actos que nos están vedados de algún modo. Y es allí, en esas prohibiciones menores, donde se fundó el derecho y la ley, el estado y también la religión. No hubo jamás control social alguno que pudiera ejercerse desde algún otro sitio que no sea el del veto sistemático: no desearás a la mujer de tu prójimo pero tampoco desearás a tu hermana, por ejemplo. En una conversación telefónica con un amigo, me contaba sobre sus encuentros cada vez mas frecuentes con otra amiga en común. Ante mi requisitoria de si nos podíamos encontrar frente a una relación que se estrecha para convertirse en aquello que nunca fue, me respondió: pero sí es como mi hermana, boludo ¡la vi crecer! Contestó eso pero yo escuché algo similar aunque distinto, escuché: ¿estás en pedo vos que me voy a acostar con fulana? Sería casi como un incesto. Entre lo que dijo y lo que escuché, comprendí que mi amigo se encontraba frente a su propio semáforo y tenía aún prohibido para sí mismo realizar algún giro a la izquierda.

Las prohibiciones sociales no se acaban en el mundo de las relaciones, son definitivamente algo mucho más complejo, una impronta que invade permanentemente la vida de los sujetos, los sujetos que somos. Nosotros mismos en tanto ciudadanos de algún lugar, pregonamos y exijimos que se cumplan ciertas leyes. No conozco a nadie, ni conocí a nadie aún teniendo largos años de ideario anarquista, que pueda plantearse en contra de toda ley, de toda norma, de toda moral, entendiendo moral en su última acepción. Sin embargo toda ley nos prohíbe algún acto y en esa prohibición radica su único motivo, su única razón de ser. Es cierto que también nos protege, de algún modo y sólo cuando le ley se cumple, pero al mismo tiempo nos impide efectuar una elección libre, no condicionada: nadie decide no robar un banco. Y no lo decide, porque sabe que robar un banco está penado con muchos años de cárcel. Lo que se decide en todo caso, es violar la ley que no nos permite asaltar un banco y aceptar el riesgo de la pena que la ley impone. No es una opción individual, en tanto exista una norma que nos lo prohíba no puede serlo porque deja de pertenecer al arbitrio personal para pertenecer al arbitrio estatal. Si asaltamos un banco y la policía nos encuentra, un juez nos va a encerrar en una cárcel por mucho tiempo. Los carceleros y nuestros propios compañeros de celda, se encargarán de hacernos pagar la otra parte de la pena. La que no se cuenta, la que no aparece en el expediente judicial, pero que todos intuimos como la parte mas dolorosa de la historia.

Es desde ahí que uno se puede plantear que la moral y las leyes no son más que una elaboración institucional, de alguna institución. Instituciones que además se parecen siempre tanto entre ellas: iglesia, estado, justicia, policía. A los seres de a pie, a nosotros los sujetos, no nos queda más que los conceptos: lo que está bien y lo que está mal y lo que está más o menos. Adherir a la norma en lo que nos resulte posible y, hasta no tener mejor estrategia, optar por analizar cada infracción a la norma. Intentar nosotros, a falta de mejores guías, distinguir entre concepto fundado, con razón de ser, y preconcepto moldeado en función sólo del interés ajeno. No digo que esté mal que la normativa se elabore en función de intereses que no son nuestros. Es probable que asaltar un banco esté realmente mal, aún en el caso de que esté mal sólo porque lesiona el capital de los banqueros. Lo que planteo es que me urge pensarlo, no aceptarlo sin más y sin consciencia.

Hasta hace pocos años e insisto, aún considerándome anarquista, aceptaba como válido cualquier planteo que llevara en su encabezado la palabra “justicia”. Hoy ya no me pasa y quizás se trate del reconocimiento íntimo de que la justicia es un concepto abstracto de valores francamente inabarcables. Quien puede reclamar por justicia, independientemente de la injusticia por la que reclame, es porque tiene medios suficientes para llevar adelante su reclamo. Y los medios habitualmente se consiguen con métodos más bien injustos: sociedades espurias con vengativos aspirantes a sillones de intendentes o sociedades adornadas por cualquier bicharraco del mismo género. Tengo claro que aquellos que sufren la mayor carga de injusticia en su vida, no tienen tiempo de reclamar nada y se dedican a elaborar estrategias para mantenerse vivos, para que la injusticia no se los lleve del todo. Así se trate de asaltar un banco, limpiar parabrisas en un semáforo o salir a buscar comida entre los desperdicios de la basura.

No sólo existen las leyes injustas, también existen los reclamos por justicia esencialmente injustos; premoldeados e instigados por intereses de mierda. Muchos católicos se reúnen cuando llega la hora de censurar alguna película y todos ellos piden justicia. Muchos alemanes creyeron, sinceramente convencidos, que confinar a los judíos a un ghetto era justo. Y después creyeron que expulsarlos era justo. Y después creyeron que fabricar jabón con sus cenizas también era justo. Y hoy muchos judíos creen que masacrar a los palestinos es justo. Y muchos palestinos creen que masacrar a los judíos de todo el mundo también es justo. Y nada de todo eso fue ni es ni será justo porque si alguna definición puede hacerse de este mundo de mierda es que en esencia, y desde siempre, es absolutamente injusto. Entendámoslo: injusto.

Y cada moral colectiva fue reemplazada por otra moral, y el mundo continuó siendo tan injusto como era antes y tan injusto como va a ser mañana.

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