Ese Olguín es medio nabo

Posted by Daniel Collico Savio on October 30th, 2005 filed in Artificialia

Por Daniel Collico Savio

Sopla un poco de viento en el jardín del geriátrico y el momento es casi soportable. Los viejos despiden vahos diversos, y al moverse levemente dejan caer migas de comidas recientes hacia el piso; eso explica la proliferación de insectos y pájaros alrededor, predadores de los restos seniles. El hombre de mediana edad avanza entre los canteros y piensa que David Lynch podría hacer alguna película al respecto, con primeros planos a orugas que se arrastran.

Es un sábado a la tarde, en el geriátrico. Poco importa como lo llame él delante de sus amigos, el Instituto o la Casa de Rehabilitación, cuando lo pronuncia con cuidado, en mayúsculas, dándole importancia. En el fondo de los vahos, en los chillidos de los viejos hundiendo augustas caderas en sillas, en el fondo de su propia alma él sabe que esto es un geriátrico, y se lamenta.

Encuentra a su madre estacionada en su silla al final de ese parking de cuerpos rodantes, le pasa la carta vagamente reciente del mail de su hija. Pese al esfuezo del hombre que le señala párrafos, la madre no logra interesarse. El logo de Yahoo impreso en el mail parece atraer su mirada más que el resto. La mano izquierda es inútil –le dicen artritis y artrosis, le cambian el diagnóstico, la mano ya es garra- y permance bajo el papel, olvidada. La otra mano simplemente sostiene la carta sin leer, como si estuviera examinando el proyecto de un abanico que está por desplegarse – pero no, si ella apenas se mueve, qué se va a abanicar-.

El calor los hunde un poco más en una miseria plural a flor de suelo, el alma misma les empieza a resultar cóncava. El hombre bosteza y mira el reloj, la correa aún húmeda, un vestigio de la pileta y de ese sábado que no fue. Añora su reposera, extraña el no haberse quedado en la contemplación de árboles mecidos al vaivén de la brisa.

De repente el hombre se interesa en la revista brillosa que su madre sostenía al llegar, haciendo como que leía. Quién sabe de dónde la habrá sacado. Buena edición, una foto vieja de los Beatles, y diversos titulares de cultura. Mamá, ¿estuviste leyendo esto? Le dice, ella lo mira fijamente y no le contesta. El hombre pasa las hojas y comienza a leer con interés: supone que si se concentra en la revista tal vez su madre se interese finalmente en la carta de la hermana, en un doble juego de mutua indiferencia. Hay una nota de Fresán sobre Lalo Mir, o tal vez sea al revés. Los compartimientos de la cultura argentina son estancos, y no parecen variar mucho de revista en revista: el hombre hubiera jurado haber visto esto mismo en Planeta Urbano, o en Rolling, o algo. Llega a la parte literaria y suspira, se dice que nunca podrá leer todo, que esos autores modernos seguirán incógnitos para él y que –por plata, por tiempo, por desidia deberá seguir siempre los consejos de ciertos amigos-. Casi como si lo hubiera invocado, se da cuenta que Sergio Olguín, un amigo de otras épocas, aparece firmando la nota sobre literatura.

Ahora lee con mayor velocidad. Don Delillo, Thomas Pynchon, Ian McEwan. Aquí se detiene, en la nota Olguín establece que McEwan es “el padre de la futura generación de escritores”. No hay ironía de cursivas ni énfasis innecesarios en negrita. El hombre alza las cejas: acaba de leer “Atonement” en la edición inglesa de tapa dura –un lujo, herencia de tiempos predevaluatorios- y le fascinó, de un modo especial en tiempos de escepticismo literario. McEwan escribe como nadie, el hombre simplemente lo detesta con la más dulce de las envidias, la del escritor que no fue hacia el hombre de letras consagrado. Más adelante, advierte inquieto que Olguín se refiere con entusiasmo a la revista V de Vian, en la que ambos tomaron parte, el uno como tímido descriptor de Internet, el otro como director. Le resbala una gota de sudor, y todo el asunto comienza a parecerle rancio.

Avanza en la nota mientras una chicharra se obstina en que esto sea ya verano. Olguín habla con entusiasta imprudencia del número once de la revista, que contiene un “dossier” sobre no sé qué cosa. El calor hunde un poco más los ánimos contra el camino de asfalto, y la silla de ruedas amenaza con dejar un surco. La madre mira fijamente los autos que se desplazan por Humberto Primo hacia Bernardo de Irigoyen, su mueca disgustada y levemente hemipléjica emula el creciente enojo del hijo. Olguín habla de la revista –de su revista- en tono épico.

Viene la enfermera de las seis de la tarde y deja un pastilla en cada mesa. Realiza pequeñas moliendas con un mortero mínimo que saca de su bolsillo, y esconde el polvillo en la gelatina de los enfermos de deglución, su madre entre ellos. Tragar es un mecanismo complejo, digerir los comentarios de Olguín otro tanto. Ese Olguín es medio nabo, se dice, mientras la madre de algún modo hace pasar la gelatina por sus fauces, tose, y mira nuevamente hacia Humberto Primo, como reprochándole algo al intendente. La carta de la hermana halla su destino final en el piso: yace bajo una de las ruedas de la silla, esperando a ser devorada por algún insecto del universo de Lynch. El logo de Yahoo, indemne, es la proa de un acorazado de papel que se niega a hundirse en el abismo.

A unos pocos metros, un viejo intenta pararse y se derrumba, dejando un surco en los arbustos. Corren las enfermeras, atribuladas, temerosas de las demandas legales de la familia. Lo ponen de pie tras haberle gritado durante un rato, hasta que ellas mismas lo entienden. “Usted ya no está para eso, Ramón”. Ramón se deja ayudar con mansedumbre, se agarra de las tetas de una enfermera, guiña el ojo a ocasionales testigos.

El hombre piensa en volver a su casa temprano para llamar a Olguín. Dice “Mamá, ¿vamos a tu cuarto?” Ella asiente levemente, su pensamiento siempre está fijo en el retorno tranquilizador al pequeño universo horizontal del quinto piso, su habitación. Comienza la rutina del traslado. Saluda a la enfermera de la planta baja, le limpia unas migas a la madre. Toma la revista, evaluando la posiblidad de llevársela y llamar indignado a Olguín, sugerirle que deje reposar los cadáveres literarios. Con la otra mano guía esforzadamente la silla de ruedas hacia los ascensores. Es allí cuando de nuevo mira la tapa, los Beatles brillan nuevamente en un satinado improbable para la época, y su vista cae en la fecha de la revista. Inclina la espalda, corrige el traslado de la silla y se da cuenta, dolorosamente se da cuenta.

No lo sorprende el “Abril de 1993″ pues muchas veces le ha ocurrido sentirse idiota, sólo que esta vez –con el repentino sol de octubre y el vaho de los viejos- la sensación es más intensa. Algo parecido al alivio y a la necesidad de chequear el contexto lo asaltan de golpe, como si un enjambre de cintas rojas recordatorias o relojes cambiados de mano pudieran domesticarlo por fin y encauzarlo sobre rieles más previsibles de realidad. Todo se desvanece, el llamado a Olguín, las reivindicaciones, la tarde misma en el geriátrico. Deja la revista y empuja la silla de ruedas con ambas manos mientras su madre señala con un índice poderoso la obviedad del ascensor.


2 Responses to “Ese Olguín es medio nabo”

  1. Adrián Says:

    Tengo una colección de varias Páginas/30, incluido ese número que mencionás. Hoy las releo y me encuentro con que apestan a frivolidad menemista, a pesar de (o quizás por causa de) tanta pose “anti”.

  2. kolyiken Says:

    De página 30 no recuerdo mucho.
    Sí los varios ejemplares de “V de Vian” que siempre me pareció muy buena, al extremo de que muchos autores que leo ahora se los debo a notas de esta revista.
    Cada tanto llega a mis manos “La Mujer de mi Vida” y me quiero matar. No veo en la calle ninguna revista de literatura que valga la pena. Si saben de alguna…
    D