Retrato de un pescador viejo
Alguna madrugada de sueño destemplado y de luna llena lo reconozco por la pisada. El viejo renguea un poco y donde trabajo hay un balconcito que da a la calle, y la calle, a los pocos metros, muere en el mar; o por lo menos así diría el poeta popular. Tiene un barco de madera sin motor y se mete antes de que la luna se esconda en esa llanura abstracta que perfila una bahía ya acostumbrada, y abajo de ese manto de un cristal que aún refleja a esa misma luna, un mundo acuático que sólo conocen unos pocos, que unos pocos pueden entenderlo como si se tratara de su cuarto, con olor a tabaco, a diario viejo, a alcohol, querosén y a malas costumbres.
El viejo no sabe a dónde va, sólo sabe que va y que si el mar le anuncia tormenta la vuelta será temprana y su red se llenará de algún u otro fracaso, que por otro lado, tan bien le hace. A esta altura prefiere el fracaso que la carga, el fracaso es más leve y le permite pensar un poco más, cuando los peces agobian el bote imagina todo ese peso que tendrá que transportar hacia la feria, los baldes que tendrá que limpiar y que repartir a dos de sus tres hijos para vender los peces más chicos en los restaurantes de la beira mar.
Un día el viejo me habló.
Yo no sé pibe. Yo no sé nada. Cuando era más joven nada me importaba, llegaba al barco borracho y podía sentir cómo el mar me esperaba, le juro que el mar me esperaba y los peces se preparaban para entrar en mi red como si ya supieran que ese era su destino; cuando los sacaba del agua, alguno que otro más rebelde que el resto saltaba impaciente y gritaba que no aceptaba su derrota, a veces en momentos de debilidad a los más toscos los devolvía al mar, usted tenía que ver cómo escapaban de la superficie, cómo huían de una realidad a la que ya no pertenecían. A veces lo intenté.
Cada vez veo la muerte más de cerca, cada vez su cara se me hace más vívida, a veces siento que ya la puedo tocar, puedo presentir que mi hora está cerca.
Qué hice de mi vida no lo sé, ni siquiera puedo decir que mi vida fue realmente mía, que mis hijos se acordarán de mí, yo soy pescador y eso fue todo lo que supe, pescar y luego ir a la fonda a tomar algún aguardiente y… pensar, me gusta mucho pensar ¿sabe?, me gusta pensar mientras el alcohol se evapora en mi lengua, mientras siento ese hálito que quema y queda cubierto por el humo del tabaco chamuscado de mis cigarros, mientras veo a la señora de grandes pechos que sirve el guiso a los presentes como si fuera parte de una ceremonia religiosa y eterna, una escena ensayada y repetitiva que jamás me cansó, jamás.
Antes de que la vejez pise mis talones podía sentir cómo crecía mi sexo ante la cercanía de alguna parroquiana perfumada, hoy ni siquiera puedo acordarme de algún rescoldo de aquella dureza que tanta vida me daba. Aún así jamás le di demasiada importancia a mi instinto, no hubo mujer que me quiera ni hubo mujer a la que yo pueda querer, quizá no hubo mujer a la que yo haya querido haber querido.
No sé por qué le estoy contando esto. No soy de hablar mucho, pero creo que tengo miedo. Creo que ese miedo me hizo hablarle.
Le decía que cada vez veo a la muerte más de cerca, ahora le digo que los dolores me superan, que mi pierna está cada día peor, que si hay algo que me mueve son las pequeñas ondas de la bahía. El día que no pueda caminar lo sé como el día en que la muerte no se quede ya esperando fuera de casa con esa paciencia infinita, será el día en que permanecerá sentada en mi cama acariciándome la cabeza y anunciándome algún viaje ya esperado. Cada vez que salgo de casa la veo sentada en la escalinata. Cada vez que salgo de casa le veo la cara. Se parece demasiado a mí.
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