Jobim
Posted by Edgardo Balduccio on August 31st, 2005 filed in NaturaliaEl Solar de Unhão es un complejo del siglo XVI escondido en la ladera de un morro que moja sus pies en la Bahía de Todos los Santos. Hace algunos años, no muchos, todos los sábados cuando el cielo anunciaba el crepúsculo, de espaldas a la puerta de la iglesia y frente a un patio empedrado, se conmemoraba una Jam Session. Para los que no lo saben, una Jam Session es una fiesta donde se reúnen muchos músicos de jazz y se mezclan en distintas formaciones para tocar temas que quizá jamás tocaron juntos. Todos conocen esos temas, su melodía, su armonía, su forma, por lo menos todos aquellos que digan ser músicos de jazz; se los llama standards. Esas sesiones eran famosas dentro del ámbito musical baiano (inclusive alguna vez hubo participado Hermeto Pascoal) y muy frecuentadas por jóvenes turistas que se sentían atraídos más por el contexto que por el evento.
En una de esas oportunidades en que subí a tocar, Mou Brasil también se unió a la formación. Mou Brasil fue durante años el guitarrista de Gal Costa, y siempre sus participaciones en las sesiones fueron magistrales, quizá fue eso lo que motivó a mi alegría; aunque en realidad siempre que subo a tocar me pongo contento y no hice demasiados análisis como para afirmar que ese estado tenga alguna forma de ser medido. No recuerdo quién estaba en la sección rítmica (batería y contrabajo) pero sí recuerdo que la formación en cuarteto con dos guitarras siempre me había resultado interesante. Propuse para comenzar con Straight No Chaser de Monk (no aclararé que es un blues porque siempre tiende a la confusión de aquellos que no conocen el género, el blues de jazz no se toca de la misma manera –ni siquiera parecido- que el blues de B. B. King, por ejemplo). Sí, la batería marcó cuatro y mientras Mou hacía la melodía yo intercalaba algunos backgrounds armónicos con pequeños contrapuntos improvisados que la complementaban, como se acostumbra y ya resulta natural en el estilo. Mou lanzó su solo con el bajo y la batería en dos, aunque no era ese dos rígido de antaño, era un dos más libre, relajado, aquel al que nos acostumbraba Bill Evans en un principio junto a Scott Lafaro (al que apuntan como el precursor de ese estilo) y aquel al que hoy nos sigue acostumbrando el trío de Keith Jarret junto a Jack Dejohnette y el finísimo Gary Peacock, entre tantos otros cultores.
El contrabajo conversaba con Mou y la batería lo apoyaba, yo había dejado de acompañar para cuando llegue el cuatro, cuando la música realiza su paradigma, cuando el caballo pasa frente a nuestras narices y tenemos que subirnos sin vacilar; sólo permanecí en la espera.
Desde el punto de vista del músico, en esos momentos no hay mucho para pensar, luego de analizar por qué el pensamiento se nubla en la vertiginosidad de un tema de jazz llegué a la conclusión de que cada interpretación en conjunto tiene su propia inteligencia, su propia cosmovisión, su propia vida, y cuando queremos racionalizarla se desvanece. Quizá lo mismo pase con la literatura y la pintura, cada obra, cada texto deberían tener un alma única y pertenecer al mundo como una entidad, como un todo. El hecho es que una vez que pasa el caballo frente a nuestras narices y conseguimos subirnos quizá ya no seamos nosotros mismos los que estamos sino algún perfil de alguna entidad efímera. O por lo menos me gusta verlo de esa manera.
La batería, en el doceavo compás, dio un golpe sutil en la campana del ride y ésa fue la marca, el sello, todos lo reconocimos. Llegó el cuatro con el caballo al lado, y conseguimos subirnos por las crines; Moe había comenzado a expresar una verborragia sutil en la que podíamos conversar sin interrumpirnos, se había “prendido fuego” como se dice en la jerga, el baterista, con los ojos cerrados, delineaba en su cara algún tipo de éxtasis visceral, el contrabajista pellizcaba las gruesas cuerdas del contrabajo y producía, de a momentos, ese golpeteo contra madera que tan bien le hace a nuestros oídos, por lo menos a aquellos oídos que aprecian ese golpeteo sordo, único, como un complemento rítmico donde el ritmo está perdido en alguna nebulosa con formas y colores, con barniz mate.
Un murmullo exagerado mató a la música, tuvimos que parar. Lo primero que percibimos es que la atención de la gente se había desviado y se presentaba en dirección contraria a nuestra orquesta improvisada. Comenzaron a apartarse de cierto espacio del lugar y pudimos ver un auto policial. Parado junto a una de las puertas delanteras había un policía con un arma en la mano y a unos pocos metros de distancia otros dos uniformados que sostenían por el brazo a un negro al que no paraban de darle bastonazos. El negro gritaba, lloraba, se sacudía. Lo metieron acostado en el asiento trasero y continuaban con los golpes mientras los gritos se vestían de un dolor insoportable; el policía con el arma en la mano miraba al público y apretaba su puño con fuerza con los nervios expuestos hacia aquel que los quisiera ver. Podían percibirse algunos insultos que provenían del fondo. Dejé mi guitarra en el pequeño escenario e intenté acercarme; el policía del arma me miró y me hizo una seña para que me detenga. Entre los alaridos de desesperación del negro y la impotencia de los presentes, los policías se metieron dentro del auto y desaparecieron en lo alto de la callecita empedrada que muere en la parte alta del morro.
A nuestras espaldas, Mou estaba comenzando una melodía, una melodía suave. Reconocí al tema en el segundo compás, era Insensatez de Antonio Carlos Jobim. La música en ese momento ya había comprado el silencio de todos nosotros que mirábamos absortos cómo el cielo se vestía de rojo y los contornos de los árboles se diluían, esa escena nos mantenía con los sentidos expectantes, pero aún así nos resultaba difícil levantar demasiado nuestra cabeza, merecíamos un intento de frenar algún eco de los gritos eternos de la miseria que retumbaban, como una herida interna, en el alma de una ciudad triste.
August 31st, 2005 at 12:58 pm
clap clap clap clap
August 31st, 2005 at 2:50 pm
Post de calma belleza y súbita dureza.
El pensamiento difuminándose en una sesión de jazz, me parece un hallazgo. Habitar el sonido deformándolo.
Saludos.-
August 31st, 2005 at 3:14 pm
Aunque sé que te resulta difícil admitirlo, vivís más cerca del paraíso que nosotros en la tierra.
August 31st, 2005 at 7:09 pm
Bahía es un infierno. Si existe un paraíso posible, éste se encuentra entre las piernas de cualquier bahiana.
August 31st, 2005 at 8:00 pm
Una observación lasciva.
September 1st, 2005 at 3:44 pm
Impresionante. Bello.
September 1st, 2005 at 8:30 pm
Vengo atrasado, muy grosso el relato Edgardo !! Me pusiste en ese escenario de una forma casi animada, brutal la eficacia de las imágenes.
Soy adicto al rock porgresivo que en algunos casos tiene sus buenos contactos con el jazz, género éste que no llego a disfrutar más que en forma muy huidiza, con más abandonos que permanencias, porque creo que el jazz si no se toca no se disfruta. Es decir, no es que haya que ser músico para disfrutarlo pero si me parece que al menos hay convertirse en actor para representar ese papel al escucharlo. En jazz creo que la composición y la ejecución se funden en una sola operación evanescente, y oirlo sin representarlo sería puro veyeurismo.
Tino
September 1st, 2005 at 9:41 pm
Pablo, Balvanera, Hernán y Tino: qué bueno que les haya gustado, yo también disfruté escribiéndolo (en realidad creo que todos los que aparecemos por aquí, de uno u otro lado, disfrutamos tanto el leer cuanto el escribir) a pesar de que me trajo ese recuerdo desagradable.
Genovese: yo vivo en un paraíso que deja de serlo a partir de que una miseria inhumana forma parte obligada del paisaje.
Tino: No es tan así, hay un público de jazz muy grande que no toca ningún instrumento y disfruta del estilo (uno de ellos es mi compañero y amigo Daniel Massei), yo creo que el gusto por el jazz es una especie de privilegio. Yo, cuando adolescente, comencé a interiorizarme en el jazz a partir de que me gustó, cómo habrías de estudiar algo que no te gusta? Supongo que no tiene que ver con representaciones, quizá como no te gusta no puedas entenderlo.
September 1st, 2005 at 11:59 pm
Baker, si, lo que escribí se lee como que generalizo, y es algo muy personal que me pasa a mi con el jazz nada más, me refería que concentrarme y disfrutarlo me provoca esa sensación, como que sino me involucro dentro como si estuviera participando de la ejecución, me aburre. Oir el producto de una jam me agrada superficialmente por la resonancia de algunos timbres, pero sino me involucro aunque sea imaginariamente en esa instantaneidad del que lo ejecuta, no aguanto más de pocos minutos. Toco algo de teclados y también comprobé al hacer ejercicios de jazz, lo increible como disfrutaba tocarlos, pero eso mismo oído desde fuera no me producía demasiado, cosas que si me sucede con otros estilos.
Obvio que no un estilo que definiría como entre mis preferidos, de hecho lo escucho muy de tanto en tanto a pesar de tener muchos discos, sobre todo Davis y Coltrane, pero en música me pasa que tengo muchos gustos que se mueven con diferente intensidad y lugares diversos de placer por asi decirlo.
PD: Como, Massei tiene amigos ?? ;-))
Tino