Invierno
En esta época el atardecer cae más temprano que de costumbre. Como las brujas, el invierno se disfraza de mujer joven y se viste de negro, calza sus zapatos y lanza algunos hechizos cristalizados, llora de noche sobre las hojas verdes o anaranjadas. Me había pedido visitar la luna, mi hijo, y llevar el capote.
Me imaginé en el medio de algún campo, sin nada alrededor excepto yuyos, muchos yuyos. Desnudo al acecho de aquella hechicera vestida de negro mientras en la luna me saludaba mi hijo, con el capote. El cielo está despejado, pero el frío se acostumbra, todos saben que no hay salida posible. La mujer lo mira y me mira, me abraza y no me suelta. Me besa. Me chupa y me contrae, me hiela, lo lloro.
Muchos no quieren conocer al invierno, todos huyen de él mientras buscan el calor de su propio cuerpo envuelto en frazadas y sábanas planchadas y con olor a… lindo. Cuando era niño metía mi cabeza dentro de esa oscuridad y nadaba por los cuatro puntos cardinales de la cama de mamá y papá, me regocijaba con lo oscuro, sentía el corazón de mi madre que me buscaba por toda la zona y que me instaba a salir. Esa mano ya la hube sentido, aún cuando no lo recuerde, en su propio vientre, en la propia nada, la felicidad de saberse sin saberlo bajo las frazadas de piel y nadando en los cuatro puntos cardinales de la bolsa, de una cavidad infranqueable, de una prisión de nueve meses (algunos concuerdan que la prisión llega sólo al salir); de saber exactamente que no se sabe y que la mujer de negro está lejos; muy lejos.
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