A través de un halo de luz que entraba por un agujero de una ventana venida a menos podía verse su rostro cansado por el aguardiente; el dolor hepático no era el problema. Con cada cáliz, con cada trago, un hilo ácido descendía por su esófago y anudaba en el centro interno de su estómago en un ardor ya soportable, acostumbrado. Una caneta de pluma de ganso se empecinaba en dibujar letras durante la oscuridad, cada espasmo corporal dejaba una marca de electrocardiograma (a pesar de que aún no existían) en la hoja ya ajada por las distintas mudanzas; aún así la letra podía entenderse, cualquiera que la leyera podía entenderla; él no.

¡Y para ti, oh Muerte, va nuestra alma y nuestra creencia, nuestra esperanza y nuestra salutación!

¡Señora de las Últimas Cosas, Nombre Carnal del Misterio y del abismo, alienta y consuela a quien te busca, sin osar buscarte!

Señora de la Consolación.

¡Virgen-Madre del mundo absurdo, forma del Caos incomprendido, arrastra y extiende tu reino sobre todas las cosas, sobre las flores que presienten que se marchitan -sobre las fieras que se estremecen de viejas, sobre las almas que han nacido para amarte- entre el error y la ilusión de la vida!

El fracaso le pesaba en la barriga, su soledad lo maldecía como a un puerco, el fracaso le pesaba en la barriga de nuevo, una vida de fracasos que pesan en la barriga; ya pesaba más que nunca; pero la barriga no dolía, dolía el fracaso que pesaba (en la barriga).

La barriga pesaba al fracaso. Tocan la puerta y entran sin preguntar. Qué quieres. Vine a saludarlo, tengo una propuesta para usted, una traducción. Váyase, demonio, váyase. Por qué habría de irme si usted no está en condiciones de sacarme, la tortura es suya, su padecer le pertenece, ¡su propio miedo le teme! Escriba y beba un poco más de aguardiente, traje otra botella aquí, déme otro cáliz, convierta su hastío en vanidad, sople la vela apagada y con el humo que jamás verá ahogue su fracaso, beba, beba, brinde conmigo; su pluma le odia.

Cuando el estío entra me entristezco. Parece que la luminosidad, aunque acre, de las horas estivales deberá acariciar a quien no sabe quién es. Pero no, a mí no me acaricia. Hay un contraste excesivo entre la vida exterior que rebosa y lo que siento y pienso, sin saber sentir ni pensar: el cadáver perennemente insepulto de mis sensaciones. Tengo la impresión de que vivo, en esta patria informe llamada el universo, bajo una tiranía política, que aunque no me oprima directamente, ofende, sin embargo, a algún oculto principio de mi alma. Y entonces desciende sobre mí, sordamente, lentamente, la añoranza anticipada del exilio posible.

[...]

Me sosiego por fin. Todo cuanto ha sido vestigio y desperdicio se me borra del alma como si no hubiera sido nunca. Me quedo solo y tranquilo. La hora que ha pasado es como aquella en la que me convirtiese a una religión. Nada, sin embargo, me atrae hacia lo alto, aunque nada me ataría ya para abajo.

Francisco Gouveia miró hacia atrás, su amigo postrado en la cama de hospital lo llamaba. Necesitaba las lentes, las lentes por favor, esos ojos que ya no me sirven de mucho, esos ojos de cristal que quedarán abiertos cuando los míos se cierren para siempre, esos ojos que serán un accesorio efímero de un cuerpo que hoy ya me es prestado, que ya no me pertenece. Calla Fernando, calla, descansa.

A Fernando Pessoa

(Los textos em bloque pertenecen a Fernando Pessoa)

 

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