El toro de Picasso
Cuando empecé a tocar guitarra, cuando me empezó a gustar la técnica guitarrística y todos aquellos artistas que la explotaban y demostraban aquel virtuosismo vano pero denso, en paralelo, comenzaba a interesarme por el Zen. Fue así, que a mis catorce años me compré un libro que consideraba revelador: El Zen y el arte del tiro con arco. Contaba la historia de un alemán (un tal Herrigel) que tuvo que ir a trabajar a Japón y no me acuerdo cómo terminó practicando tiro al arco. Fueron cinco años de prácticas diarias donde lo que le trasmitía su maestro era el no pensar, el no realizar esfuerzos, el no desear que acontezca algo sino dejar que la acción caiga “como una fruta madura”. Los japoneses utilizan distintas prácticas para llegar a “la iluminación”, el satori. Para ellos, eso acontece cuando los objetos se funden con las personas y forman una unidad.
Tomando distintos conceptos de esta forma de ver las cosas, me acuerdo que había comenzado a menospreciar a todos aquellos músicos virtuosos que necesitaban escupir miles de notas por segundo para demostrar cuán rápidos eran. Me había comenzado a interesar por la síntesis de las cosas, el hecho de que un concepto pueda transmitirse con la mínima cantidad de recursos para terminar diciendo lo mismo. Ahí había comenzado a hacerme fanático de Jim Hall, un guitarrista de jazz que decía que su música había aprendido mucho de Edgar Allan Poe. Que al leer a Poe él encontraba las notas, resultaba en una fuente de inspiración que iba desde lo literario hasta lo musical. Ahí até más cabos y me di cuenta que entre la inutilidad del arte había alguna conexión. Qué más inútil que una conexión de inutilidades, pensé, las inutilidades se acarician, se entremezclan y se potencian para combinarse en el colmo de lo inservible. Y encima, para lograr aquella síntesis hay que dedicarle mucho tiempo a la nada.
Ahí fue cuando supuse que las formas estéticas son como un sueño, como un reflejo de nuestro modelo del yo. Supuse que cuando decimos que algo posee algún tipo de estética lo estaríamos comparando con nuestro modelo de nosotros mismos. No modelo físico, sino conceptual, todo aquello que nos es revelado y nunca habíamos visto de forma directa, pero que lo tuvimos a la vista toda nuestra vida. Como cuando alguien dice, “al salir de la cama busco en la mesa de luz los cigarrillos sin abrir los ojos”. Nos está mostrando esa realidad ajena que coincide con la nuestra, que ese gesto lo conocemos, y nos suena extraño que alguna persona ajena a nuestra vida lo esté relatando, y a la vez nos sentimos gratificados porque ello acontezca, es una parcelación de la soledad que, en contraparte, es compartida.
Quizá algún día lleguemos a darnos cuenta, como cuando nos dimos cuenta que alguien busca en la mesa de luz nuestros propios cigarrillos, de que nunca dejamos de ser animales; supongo que ése será el toro de Picasso de nuestra especie.
3 Responses to El toro de Picasso
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Sí, es lo mismo que yo creo de la literatura, y coincidimos además en esto con la opinión de Harold Bloom (en su último libro que cuesta un huevo, si no ver anticipo en el Ñ del sábado): la tarea, el sentido de la literatura es contarle a cada lector sus propias experiencias.
Yo agregaría que la literatura humaniza. Sin ella seríamos como los animales, que están solos con sus experiencias.
Más solos que el autor de “El Zen en el arte del tiro con arco” en el día del amigo.
La misma mixtura extraña encontré en Herrigel, pero a través del cine. A partir de Eisenstein que daba una explicación curiosa de la teoría del montaje cinematográfico en Cinematismo, se basa en el aprendizaje del dibujo con pincel japonés, algo así como una deconstrucción del objeto (una rama de loto) para volver a construirlo. Luego apareció Barthes y sus observaciones sobre Basho. Y ahora vos, juntando las notas de un guitarrista de jazz con Poe. Es interesante ver las partituras de Prokoptkin comparadas con los cuadros del film Alexander Nevsky. La escala musical representa la armonía de los objetos en la consecución de los fotogramas.
Por nada se mezclan las cosas, las ideas, y las personas. Es algo mágico y divertido.
Bien Balduccio, bien.
“El arte del zen en el tiro con arco” es un libro importante en la bibliografía obligatoria del arquitecto Gastón Breyer para hacer su célebre (en el ámbito del aprendizaje del diseño) objeto Epsilon, algo maravilloso que te vincula con las raíces mismas del inventar y te hace pensar un montón. El objeto Epsilon es algo nuevo a diseñar, que no tiene utilidad y cumple con dos o tres normas básicas de movimiento que se discuten en el grupo. También lo daba en sus teóricas (geniales) en la Fadu Uba de su curso de “Dibujo y maquetas” destinado a la carrera de Imagen & Sonido. Seguí este método como si fuera un soldado ZEN (Nil-zen) o un discípulo de Buda. Y un día me rompí el brazo derecho haciendo skate. Breyer me dijo: “dibujá con la izquierda, qué tanto, con el método del tiro con arco”. Lo hice, aunque soy diestro.
Los mejores dibujos que tengo, los más expresivos, los más sintéticos, provienen de mi mano izquierda.