Destinos

Posted by Edgardo Balduccio on March 29th, 2006 filed in Naturalia

Esta historia es verídica, ella no se llamaba Lucía. Pero la llamaremos así. No estudió Sociología, quizá otra carrera del estilo; estaba haciendo su tesis. Pero vamos a decir que estudió Sociología. Sí, en la UBA, esto es real. Todas estas disidencias sólo para proteger a Lucía, que existe; y que sufre mucho por ello.

Con ella me podía pasar horas hablando, era muy bonita; un elemento importante es que estaba enamorada de mí. Sin embargo –y no quisiera atribuir esta condición a nada, pues en su momento yo no sabía lo que luego les contaré- jamás la deseé como mujer. Hice el amor con ella –sólo una vez- para ver si podía cambiar esa visión, nunca pude entender por qué, pero nunca lo conseguí. Un amigo mío la deseaba e hice lo posible para que consiguiera seducirla; no pudo ser.

Nos encontrábamos todos los fines de semana: íbamos a andar en bicicleta por Palermo, venía a casa a comer, discutíamos sobre la novela que yo escribía en aquel entonces, hablábamos de filosofía, de música, de ritos, y como preparaba su tesis de sociología con Foucault como centro (Foucault era psicólogo y filósofo, sin embargo muchos de sus textos tienen varias implicancias sociológicas y Lucía quería verterlas en su investigación), mientras dejábamos estacionadas las bicicletas frente a la laguna de Palermo, me contaba La historia de la sexualidad de comienzo a final, cada uno de los tres tomos, y cada vez de manera distinta. Yo la escuchaba fascinado porque su pasión me provocaba, le hacía demasiadas preguntas y ella me ofrecía su conocimiento con verdadero arte, yo resultaba su discípulo y me entregaba a ese papel con dedicación al punto de comprarme todas las publicaciones de Foucault sólo para poder discutirlas y aprenderlas con ella.

Una vez, en su casa puso un libro en mis manos. La tapa era muy vieja, en color negro, estaba bastante ajada, decía So sprach Zarathustra, más abajo, –en letras más chicas- Fiedrich Nietzsche. Al ver el contenido en letras góticas supuse que era un libro muy antiguo y acabó por revelarme que era una primera edición original que había encontrado su hermano en un anticuario en Alemania. Una vez, en un bar en Las Cañitas (siempre íbamos por allí o íbamos a La Academia o a Barcelona) dijo que me lo iba a regalar, sin embargo jamás me lo dio (y confieso que jamás lo esperé, aunque lo deseara), supongo que por ese amor que, luego de varios intentos, jamás pude corresponderle.

Esta podría haber sido una historia más de tantas que nos tocan vivir y tantas otras que a veces, por melancolía o por algún evento que nos provoque, retornan a nuestra cabeza en forma de imágenes aisladas, de sensaciones, de olores y de desilusiones. Lucía jamás me decepcionó como amiga y hoy aún conservo un cariño muy grande por ella, aún la quiero, no como ella hubiese querido que la quisiera, pero el querer adquiere muchas formas y yo la veía casi como a una hermana menor que era mucho más grande que yo.

Un día comenzamos a hablar de política, nunca lo habíamos hecho, o por lo menos jamás pudimos hacerlo, hoy me doy cuenta de las evasivas que afloraban ante el primer intento. En principio, aunque no hubiésemos tocado el tema, desde su manera la supuse como una hippie de los noventa (que eran muy distintos a los de los setenta), con un discurso moderado de izquierda y sin demostrar algún posicionamiento definitivo; supe ese día que sus planteos políticos van acompañados siempre de una duda. En cierto momento en el que comenzamos a hablar de la dictadura, noté que se puso muy nerviosa; le pregunté si se sentía bien; se le habían llenado los ojos de lágrimas.

Mi padre es X, me dijo.

Yo sólo sonreí, supuse que no había entendido bien, le pedí que lo repitiera pero no lo hizo; lo asumí. Intenté sopesar la duda, disimular la sorpresa, o por lo menos, aunque no pudiera ser disimulada traté de que pareciera que eso no tenía tanta importancia; lo intenté pero no lo conseguí; también me puse tenso. X era (es) un conocido represor de la época de la dictadura, uno de los que fue beneficiado con la Ley de Obediencia Debida.

En el colegio fue muy difícil, en la facultad también, vos escapaste a mi apellido, no lo sabías, ¿tenés idea de lo que es cargar con eso? ¿Tenés alguna idea? ¿Tenés algo para decirme? Mi padre, como padre, siempre fue un ejemplo, nos educó en lo justo, nos dio lo mejor a mí y a mis hermanos, mirá lo que soy. Ok, no soy nada, pero estoy contenta conmigo y no quisiera ser de otra forma; es muy difícil llevar eso todo el tiempo en mis espaldas, es una piedra pesada y triste que pendura de mi cabeza, me persiguen miles de fantasmas todos los días, el horror me atormenta, escucho gritos en el silencio, veo caras en la oscuridad; veo la cara de mi padre y todo se abstrae; quiero odiarlo pero no puedo, lo amo, lo necesito, lo extraño, no quiero que vaya a la cárcel, quiero verlo el domingo como todos los domingos en el almuerzo; lo detesto. Quiero conversar con él, sí, de miles de cosas, mi imagen queda pequeña a su lado, es como si aún fuese una niña cuando le hablo; jamás le pregunté nada de aquello, ¡aquel del que hablan no es mi padre, no es el padre que yo conozco!

Estaba agitada; le pedí que no diga nada más, que se tranquilizara. El reloj casi marcaba la medianoche, por la ventana entraba el silencio de una oscuridad tortuosa. En la sala, ella y yo, mirábamos a un piso que parecía haber sido encerado en algún momento del día; su cuerpo era el temor, la luna, un testigo silencioso; yo, un cobarde.

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