El mundo podría vivir muy bien sin la literatura;
e incluso mejor sin el hombre.
J. P. Sartre

El río suena; se queja. Se despoja de infinitas toneladas de agua que luego de algún tiempo incalculable pasará por el mismo lugar; casi siempre pasa por el mismo lugar: pero a veces no. El río es un ente arbitrario, una obra natural que aún sin perder su carácter, suele denostar al hombre hasta la miseria. El hombre también pasa por el mismo lugar infinitas veces, pero cuando se detenta explorador deja advertir su grandeza.

En la declaración de verdades yace un lento suicidio de ideas, la desesperanza de otra forma de vida, de otra percepción. No deberíamos encerrarnos en conceptos ya empaquetados dentro de alguna sacralización, la clave está en la suposición, la abertura, la duda. Aún así, toda afirmación violenta nos causa una certeza, la certeza de la impostura. El arma asesina o el pétalo húmedo y sedoso es la palabra, la unidad conceptual de una idea; cada idea es una pequeña muerte, una agonía; es a la vez una antítesis de si misma, resucita una esperanza o nos hunde en el hastío, nos repara un sueño o nos lanza a un abismo en el que sólo nos queda por mantener la respiración y dejar que nuestros oídos exploten con algún eco tardío de viejas vociferaciones terrenas de algunos escribas desahuciados.

La palabra no precisa del fetiche del papel y la tinta para ser escrita (¡ay de ella!), no precisa ni siquiera de ojos para ser leída ni de oídos para ser oída, se alza encima de medios y mediadores para sucumbir en lo recóndito de algún alma inquieta que tendrá una única certeza: que mañana morirá sin remedio; la única lectura que quedará del lector incauto es un nombre y dos fechas; una lápida húmeda y mohosa.

¿Qué pasión podría tener aquel que sólo escribe para los fetiches? ¿Qué objetivo lejano?

La palabra también se viste y muchas veces se aprecia más al vestido que al mismo verbo. El verbo es el mismo, pero esa fuga de abstracciones cambia a su receptor hasta su lado opuesto, cambia formas del mensaje y condiciona al mensaje mismo, pero quien escribió de noche y con frío, enfermo, con una lámpara de aceite casi muerta, con la punta de su pluma casi seca, eso nunca lo supo. Y eso es lo que realmente importa.

 

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