Debo confesar que me vuelven loco las cajitas de fósforos. No las que se compran en los kioscos, sino las que se regalan en hoteles, los bares y los restaurantes. Tengo una caja llena, dentro de un armario, y cada tanto las saco y las observo. Es el único modo conocido de contrarestar la work memory y recrear, con la mayor cantidad de detalles posible, cómo llegaron a mis manos, dónde, en qué circunstancias.
De chico coleccioné muchas cosas: desde autitos Matchbox a estampillas, desde figuritas (pero eso entra en otro terreno más banal y transparente: ¿quién no coleccionó figuritas?) a jaboncitos, pero juro que abandoné. Y naturalmente cajitas de fósforos, las llamadas “carterita”, que inexplicablemente no sobrevivieron al auge repentino de los Fragata de 40. Los carterita son mejor. Tal vez por influencia chandleriana, es decir, por ese aura trascendente que tiene la caja de fósforos encontrada en el bolsillo del muerto, donde casi siempre aparece escrita en lápiz una pista clave, el número de la dársena donde atracará el buque, pero eso ocurre en El halcón maltés, de Dasiell Hammett.
Ahora pienso que nada que supere las dimensiones de una caja de fósforos vale la pena ser coleccionado. Conocí todo tipo de coleccionista obsesivo y monotemático, pero hasta ahora nunca había oído hablar de coleccionistas de sobrecitos de azúcar. En eBay hay un apartado especial dedicado exclusivamente a esos sobrecitos. No creo que se trate de una actividad muy amarga.
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